La Melancolía I de Durero

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Melancolía I

Entre las numerosas obras de arte del Renacimiento vinculadas al universo de la alquimia y el esoterismo, la Melancolía (1514) de Alberto Durero (1471-1528) ocupa un lugar de honor. El artista alemán, autor de importantes obras pictóricas, es conocido sobre todo por su gran producción de grabados de notable valor estético, fruto de una técnica de ejecución muy precisa.
Melancolía I es, sin duda, el grabado de Durero más estudiado y el que, a pesar de los análisis a los que ha sido sometido por ilustres historiadores de arte, conserva intacto su misterio.
Uno de los estudiosos más interesados en los aspectos herméticos del arte, Maurizio Calvesi, ha dedicado un libro de más de doscientas páginas a esta singular obra, demostrando el estrecho vínculo que existen entre el grabado y la alquimia.42
En realidad, las relaciones entre esta obra y el universo del esoterismo ya habían sido señaladas por el gran investigador de iconología Erwin Panofsky, primero, y por C. G. Jung, después, abriendo nuevas vías para la interpretación de los múltiples significados de una piedra angular del hermetismo en el arte.
Describir esta obra no es una tarea fácil. Basta pensar que este singular trabajo al buril está constituido por unas cuarenta figuras simbólicas que envuelven el sujeto central: una mujer representada en actitudes típicas de quienes sufren melancolía.
El estado melancólico es muy ambiguo, porque es la expresión de una condición muy precisa y, sobre todo, porque su valor simbólico unifica aspectos que pueden estar muy alejados entre sí. En general, la melancolía puede ser utilizada para indicar una enfermedad mental que se caracteriza por la ansiedad, la depresión y el agotamiento, aunque una visión así se limita a un nivel superficial. Melancolía I, por tanto, es un territorio rico y complejo en el que símbolos y alegorías se mezclan en un tejido figurativo que, todavía hoy, no ha sido completamente descifrado.
Ante la obra de Durero, surge espontáneamente la pregunta de por qué es señalada con un «1»: la alusión se refiere a la «obra en negro», que es el estadio inicial del opus alquímico. En sustancia, se trataría de la nigredo, la primera de las cuatro fases que caracterizan la transmutación alquímica: nigredo (negro), albedo (blanco), citrinitas (amarillo) y rubedo (rojo).
Así pues, el grabado del artista alemán podría ser considerado la primera etapa del recorrido que el adepto debe emprender para llegar al nivel superior; el suyo, por tanto, es un trabajo difícil que debe ser afrontado con un gran equilibrio y con la conciencia de que el itinerario está cubierto por un bosque de símbolos.
Recordemos algunos de los más representativos del grabado. A la derecha, arriba, encontramos el limbo mágico hecho con dieciséis tampones numerados: un símbolo esotérico que, girado 45 grados, también está presente en otro grabado que representa al famoso alquimista Paracelso. Además, encontramos, en parte oculto por la gran piedra cuadrada (símbolo presente en numerosas religiones y perteneciente a las alegorías francmasonas), el crisol, instrumento indispensable en la práctica alquímica, cuya forma triangular está ampliamente documentada en la iconografía esotérica de los siglos XVI y XVII. Al crisol se une el atanor (el horno en cuyo interior tiene lugar la transmutación de la materia), que en el grabado ocupa las dimensiones de una torre y prevalece sobre toda la composición, certificando así el papel protagonista que la alquimia desempeña en Melancolía I.
No podemos examinar con detalle todos los símbolos del grabado, porque sería demasiado largo. Nos limitaremos, pues, a observar que Durero ha codificado en su obra más famosa una intención esotérica evidente al servirse de la cultura alquímica. Las motivaciones que llevaron al artista a utilizar el lenguaje característico de la gran obra hay que buscarlas en la necesidad de comunicar un saber poco accesible, pasarela posible entre la apariencia y el misterio. Podríamos incluso preguntarnos si «una especie de alianza ideológica no se habría perfilado, entre algunos artistas y teóricos o adeptos a la alquimia, para la defensa de la actividad imaginaria común».
Cabe añadir que, si bien desde cierto punto de vista Melancolía I puede ser considerada una alegoría de la primera y más oscura fase del proceso alquímico, también es posible dar otra lectura de esta obra sin que ello reste nada a sus aspectos esotéricos. Podría representar, en efecto, el proceso creativo del artista, inmóvil aquí en el estadio más bajo e inicial (la melancolía es el estado de humor más característico de los artistas), que espera elevarse hacia la creación obtenida a través de la transformación de la materia. Desde este punto de vista, el paralelismo con el «proceso alquímico» amplifica el sentido mágico y misterioso que, según la interpretación esotérica, gobierna la actividad artística.