La mafia

La mafia es, sin duda, la expresión más viva de una sociedad secreta con objetivos ilícitos y, debido a sus particularidades, debe ocultar su propia estructura y a los miembros que la forman.
El término mafia, del italiano mafia, procede del árabe meffiah, que significa «lugar de refugio».
En cuanto a las raíces de esta asociación, conocida como «sociedad honrada», habría que descubrirlas en los milenios de mala administración que, desde los árabes hasta los vikingos, influenciaron a los españoles y a los Borbones napolitanos.
¿Una sociedad próxima al carbonarismo? No realmente, ya que la mafia obtiene su fuerza en la estructura de la sociedad familiar, su doctrina se desarrolló porque el castigo de los daños sufridos por un miembro de la familia podía existir sólo fuera del gobierno oficial. Cuando nadie tenía confianza en la ley de los invasores, lo único que contaba era el mandato de la ley de la familia. Esta disciplina familiar, bajo numerosos aspectos cercana a la de los clanes escoceses, respondía al nombre de «omertá» (ley del silencio) o virilidad.
Preveía la negativa a divulgar cualquier dato a las autoridades tras un acto de violencia, porque la venganza era un deber de la familia y no del Estado ni de Dios. Asimismo, reivindicaba el «ojo por ojo» y el «proyectil por proyectil», hasta que todos los hombres de una familia hubieran muerto. Disciplinaba una aceptación estoica e indulgente de las afrentas del enemigo o del opresor hasta que llegara el momento oportuno para la venganza; se imponía la renuncia de por vida a perdonar, y el olvido era una ofensa grave. Además, exigía una obediencia ciega al cabeza de familia, cuya voluntad era la ley, así como la pasión por el secreto, ya que la ley oficial siempre era hostil a toda sociedad de pequeñas dimensiones en el seno de una sociedad mayor.
Con la disgregación del poder feudal en Sicilia en el siglo XIX, las familias mafiosas se transformaron, y de ser bandas fuera de la ley pasaron a ser una organización articulada destinada a extenderse como una mancha de aceite, con una estructura piramidal rígidamente gobernada.
El primer documento oficial en el que se hace alusión a la mafia es una carta de 1838 escrita por el procurador general de Trapani, Pietro Ulloa, al ministro de Justicia italiano:
No hay un empleado en Sicilia que no se haya postrado ante la señal de un arrogante que no ha dudado en sacar beneficio de su oficio. Esta corrupción general ha llevado al pueblo a recurrir a remedios de otro modo extraños y peligrosos. En todos los pueblos hay especies de sectas que dicen ser partidos, sin reunión, sin otro vínculo que el de la dependencia ante un líder, que aquí es un propietario y allá un arzobispo. Una caja común satisface las necesidades, en un momento para hacer caer a un funcionario y en otro para comprarlo.
El poder de la mafia no ha dejado de aumentar, hasta desempeñar un papel de primer orden no sólo en los acontecimientos locales de Sicilia, sino también en asuntos nacionales italianos e internacionales.
La mafia fue «exportada» a otros países, y encontró en Estados Unidos un terreno particularmente fértil en el que implantarse. Además, parece que habría ocupado un papel de mediación determinante para el desembarco de los aliados en Sicilia, hasta convertirse en un verdadero «holding del crimen» a partir de la segunda mitad del siglo XX, con numerosas actividades ilícitas de envergadura internacional.
Dejemos a un lado las implicaciones históricas, sociales y jurídicas de la mafia, que superan los temas tratados en estas páginas, y concentrémonos en los aspectos de carácter esotérico y ritual que caracterizan a esta organización.
Examinemos la «ceremonia de afiliación». Se pinchaba la punta del dedo corazón de la mano derecha del futuro picciotto («mozo») y se dejaba caer una gota de la sangre de la herida sobre la imagen de la Virgen de la Anunciación.
Luego, la efigie marcada era quemada y la ceniza se volcaba en las manos del nuevo adepto, que entonces tenía que pronunciar la siguiente fórmula ritual:
«Juro ser fiel a mis hermanos, no traicionarlos nunca y ayudarlos siempre. Si en algún momento dejo de hacerlo, que muera quemado y reducido a cenizas como esta imagen».
Una de las expresiones más significativas del comportamiento esotérico que caracteriza la cultura mafiosa está constituida por la omerta, la famosa ley del silencio. La etimología de la palabra es imprecisa; para algunos procede del español hombredad para otros, del siciliano omu, o de umertá, «humildad». Y es que, en cierto sentido, respetar las reglas de la ley del silencio es un gesto de humildad y de sumisión a las reglas. Desvelar un secreto de la magia sería como no respetar una prohibición y, por tanto, según las reglas características de la sociedad esotérica, eso significa que uno se situaría en oposición directa a los principios fundadores de la asociación y, por consiguiente, que ya no se reconoce la función compartida por la colectividad.
La transgresión de las reglas de la omerta comporta la eliminación del culpable. Y, como en otros muchos casos, la eliminación no debe ser un hecho independiente y separado de todo contexto, sino un signo descifrable por toda la colectividad.
En la actualidad, la mafia es una organización conocida por la mayoría de personas y con una fisonomía que no siempre se corresponde con la realidad: los medios de comunicación y su falta de objetividad, la literatura, el cine y los numerosos mitos que rodean la onorata societá (la honorable sociedad) han sido cómplices de esta transformación. Mitos que han tenido como resultado hacer todavía más oscuro e impenetrable el rostro de la sociedad secreta criminal más famosa del mundo.