La lanza de Longin

esoterismo

Lanza de Longin

La lanza de Longin fue, sin duda, un elemento que los nazis apreciaron en particular. Longin era el soldado romano que, según la tradición, hirió a Cristo en la Cruz, un símbolo guerrero en que lo sagrado y lo profano, la vida y la muerte conviven en una única realidad.
Cuando Cristo, ya muerto, colgaba de la Cruz, un soldado romano le atravesó el costado, del que brotó, según Juan, «sangre y agua» (19, 34). Tradicionalmente, este soldado es llamado Longin, como el centurión romano que tras la muerte de Cristo dijo: «Este hombre era verdaderamente hijo de Dios» (Marcos 15,39).
Longin fue testigo del primer milagro de Cristo tras su muerte: unas gotas de la sangre procedentes de la última herida le cayeron en el rostro y lo curaron de inmediato de una enfermedad de los ojos que lo atormentaba desde hacía tiempo.
El nombre de Longin es desconocido en la tradición evangélica (tal vez proceda del griego logké, «lanza»), pero el personaje está muy presente en el culto popular, que lo venera como a un santo (15 de marzo). La motivación fundamental de su santificación fue la veneración del soldado romano por la lanza y por la sangre de Cristo, conservados con amor y llegados a Occidente, donde fueron reconocidos como reliquias. Según la tradición, la lanza fue hallada por Santa Elena y fue depositada en la basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén; luego, tras numerosas peripecias, a veces arriesgadas, la reliquia llegó a manos del papa Inocente VIII (1492).
Durante varios siglos, la lanza estuvo en Roma, donde llevó a cabo milagros, convirtiéndose así en un elemento fundamental de la tradición local.
Más tarde fue depositada en París, con todos los honores, en la Sainte-Chapelle. En su nueva ubicación, también obró milagros, lo que provocó el nacimiento de una veneración general entre el pueblo. Con motivo de la Revolución Francesa la lanza de Longin desapareció, probablemente fue destruida, y ya no se supo nada más de ella. La de Austria sería un arma más reciente.
Se atribuyen a esta lanza poderes ocultos extraordinarios. Se cuenta que muchos hombres, desde Constantino, intentaron modificar el curso de la historia sirviéndose de ella.
Cuando Hitler entró en Austria, lo primero que hizo fue dirigirse a la Weltliche Schatzkammer de Viena para volver a ver la Heilige Lance, que había observado a menudo durante esos años de desesperación, en la pobreza y sin futuro, en los que había vivido en el país, movido por fuertes veleidades pictóricas. La noche que el jefe supremo de los nazis entró en la sala del tesoro, donde se encontraba la lanza y otras importantes reliquias, «Viena la recordará como la noche del terror y la venganza. Por orden personal de Hitler, empezó un terrible pogrom contra la comunidad judía, importante, rica e influyente, y en los días que siguieron fueron detenidos 70.000 judíos».
Hitler afirmó haber sentido la inspiración, cuando estaba en trance, de que era necesario trasladar la lanza de Longin a la iglesia de Santa Catalina de Nuremberg, que, en la Edad Media, era el punto de referencia de los maestros cantores. Junto a la lanza había otros objetos de un notable valor simbólico, tanto en el aspecto religioso como por las desviaciones esotéricas que se les referían:
Una custodia con una parte del mantel de la Ultima Cena; una parte del mandil de nuestro Señor; una astilla de la verdadera cruz; una caja de oro con tres eslabones de las cadenas de los apóstoles Pedro, Pablo y Juan; la bolsa de San Esteban, e incluso un diente de San Juan Bautista.
Tras la caída de Stalingrado, y por primera vez en la Alemania nazi, se vislumbró en el horizonte la posibilidad de una derrota. Entonces la lanza fue trasladada a un lugar seguro; el escondrijo elegido fue un antiguo subterráneo de Nuremberg que fue adaptado para la ocasión. Diez días después de la caída de la ciudad, el 30 de abril de 1945, los americanos devolvieron la lanza de Longin, que consideraban una reliquia más, pero no reconocían en ella las características que habían empujado al Führer a considerarla un instrumento divino imprescindible para su victoria final. Y es que Hitler sostenía que, según una antigua leyenda, la lanza garantizaba a su poseedor el poder absoluto sobre todos los hombres y lo hacía invencible. Los americanos no sabían, o no querían creer, más bien, en semejantes supersticiones:
Patton fue el único general americano que comprendió el significado del hecho de que Estados Unidos fuera el poseedor oficial de la lanza del destino; y conocía también el significado terrible del inminente cumplimiento de su leyenda. Estados Unidos, en efecto, había descubierto el secreto de la fabricación de la bomba atómica y se preveía que el lanzamiento de estas terribles armas sobre Japón conduciría al fin inmediato de la guerra en Extremo Oriente.