La inquietante yakuza

esoterismo

Miembros de la Yakuza con sus tatuajes característicos

El origen de la yakuza, el equivalente japonés del crimen organizado, se remonta a la Edad Media, y su nombre deriva de la serie de tres cifras (8-9-3) que se pronuncia ya-ku-za. Estas cifras constituían el resultado mínimo de un juego de cartas llamado hanafuda.
Los antepasados de los yakuza eran jugadores, pero también vendedores ambulantes, que frecuentaban las casas de juego; todavía hoy, numerosas personas reclutadas por esta asociación provienen del mundo del juego y de los sectores más marginales de la sociedad.
Según otra tradición, la yakuza habría nacido tras la caída del sistema feudal japonés: muchos samurais se habrían transformado en forajidos, robando a los ricos y dando a los pobres su botín.
Más tarde, la yakuza se transformó en una organización criminal muy extensa con fines muy distintos a los que alentaban a los primeros grupos de ex samurais.
Igual que la mafia, la yakuza también oculta un lenguaje y unos comportamientos de tradición esotérica, originariamente estructurados a partir de valores nobles como la justicia, la fraternidad o el código de honor. En realidad, actualmente los objetivos primitivos han desaparecido y lo que queda es el carácter violento y la estructura piramidal al servicio de la eficacia criminal. Cada grupo yakuza está compuesto por varias decenas de miembros; cada organización es independiente y tiene un líder a la cabeza. Su segundo suele ser el líder de una organización de nivel inferior.
Con el tiempo, la sociedad secreta ha ido perdiendo la solidez y la clandestinidad que la habían caracterizado desde el principio. Y es que era un signo de orgullo personal colgar la insignia en la chaqueta, y las diferentes organizaciones tenían las oficinas con el emblema de la banda en la puerta, como las asociaciones normales de otro tipo. Publicaban incluso sus periódicos para afiliados, con consejos legales y noticias sobre los miembros encarcelados o liberados. En una ocasión se llegó incluso a organizar una conferencia de prensa que anunciaba el fin de la guerra entre bandas, con disculpas por las molestias ocasionadas a los ciudadanos. Este hecho proporcionó la prueba del consentimiento, si no del respeto, de que gozaban las bandas yakuza en la sociedad japonesa, cuando menos hasta la primavera de 1991, cuando una ley anticrimen contribuyó a aclarar el equívoco que las hacía parecer asociaciones con objetivos de solidaridad y forzó a las organizaciones a recurrir a actividades de encubrimiento (sobre todo sociedades comerciales).
Entre las duras reglas que compartían los miembros de la yakuza, cabe recordar la relativa a la pena que debía autoinfligirse quien había cometido algún error que pudiera haber ofendido al líder. En este caso, el culpable se cortaba la falange del dedo meñique, que era ofrecida al jefe supremo. En general, particularmente en el pasado, la ausencia de falange, así como la presencia de grandes tatuajes que representaban a dragones y samurais, eran signos distintivos de los miembros de la yakuza. En la actualidad, el rito de iniciación todavía existe y se sirve de algunos signos simbólicos (el juramento y el intercambio de vasos de sake entre el líder y el nuevo adepto), pero el valor sagrado resulta muy acentuado por el hecho de que el rito se desarrolla ante un templo sintoísta. Además, la afiliación sólo está permitida a los japoneses.