Giorgione y la cuestión del «tres»

Giorgione fue, ante todo, el pintor de los filósofos. Su marcada vena simbólica se expresa en un recorrido que ha llevado a muchos estudiosos a pensar en la pista de la alquimia, que a veces parece incluso más marcada que en la obra de otro artista fascinado por la gran obra: El Parmigianino.

De Giorgio da Castelfranco (1477-1510), llamado Giorgione, no poseemos mucha información; sabemos, por supuesto, que sus contemporáneos le reconocieron cierto prestigio, como se ve en El cortesano, de Baldassare Castiglione, donde el nombre del pintor aparece junto a los de Leonardo, Mantegna, Rafael y Miguel Ángel. Tal vez Giorgione fuera alumno de Giovanni Bellini; estudió las obras de Antonello de Messine y es posible que conociera a Leonardo durante su estancia en la laguna veneciana. Hoy la crítica reconoce que Giorgione no tuvo una formación típica marcada por el aprendizaje en un taller, sino que concretizó su talento mediante las estrechas relaciones mantenidas con el ambiente humanista y pudo, sobre todo, fortalecerse con el estudio de la música y la poesía, lo cual es confirmado por Vasari.

Las últimas obras de su vida son fascinantes y misteriosas. En La tempestad (1508) y Los tres filósofos (1507-1510) se puede recorrer un itinerario simbólico que habría alcanzado cotas extraordinarias si la peste no se hubiera apropiado de la vida de este genial joven artista.

Vasari termina así su capítulo sobre Giorgione en Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos: «Enfermó de peste […], enfermedad que en poco tiempo, a la edad de treinta y cuatro años, le hizo pasar a la otra vida, no sin el infinito dolor de un gran número de sus amigos, que lo amaban por sus virtudes…».

Al trazar los preceptos alquímicos, Giorgione, en La tempestad, desveló, sin ocultar jamás significados ni símbolos, la autonomía de los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), que, en el retablo expuesto en las galerías de la Academia de Venecia, destacan por un uso extraordinario del color.

Sin embargo, Giorgione probablemente sabía que, según la tradición esotérico-alquímica, no se pueden alcanzar las formas más o menos evolucionadas en el origen de la vida más que con una especie de mezcla de los cuatro elementos. Una vida bien expresada en la mujer que amamanta, una vida que ha adquirido forma a través de la unión de los elementos, todos ellos presentes en el retablo y siempre bien separados, dispuestos a mezclarse en este gran atanor representado por la superficie en la que el pintor traza las alegorías y transforma los pensamientos en colores.

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