Esoterismo y literatura

La palabra simplifica y transforma el mundo que nos rodea, pero al mismo tiempo favorece el misterio como entidad compleja y ambigua. La palabra se convierte en misterio cuando es la expresión de un lenguaje desconocido para quienes leen y escuchan: no hay más que pensar en el origen de la palabra mágica (abracadabra y abraxas), o en esas piedras que se tornan «mágicas» cuando sus particularidades onomatopéyicas son percibidas por quien escucha aun sin conocer la lengua.
La escritura asume valores esotéricos no sólo en contextos y momentos que han ofrecido un marco ad hoc a la exaltación del papel mágico de la palabra (por ejemplo, en el humanismo), sino también en realidades muy próximas a nosotros. Esto tiene lugar en particular cuando el arte y la literatura se cruzan sin solución de continuidad: muchos pintores y escritores contemporáneos, como Mallarmé, Marinetti, Apollinaire, Arrigo Lora Totino o Adriano Spatola, son casos representativos.
Como escribió Renato Barilli en Hablar y escribir, la palabra es «el primer instrumento portátil de la humanidad», que ha hallado su organización primera en el paso de la oralidad a la escritura (verba volant scripta manent), perdiendo así una parte de su aura mágica, pero adquiriendo poco a poco valores cada vez más esotéricos, debido al aumento de las posibilidades semánticas procedentes de las combinaciones de varias palabras. En este sentido, las experiencias de numerosos artistas serán reveladoras, vueltas hacia la liberación de las palabras, de los límites sintácticos y de la tipografía. Sus trabajos intentan alcanzar una dimensión estética en fuerte contraste con los conceptos de belleza, escritura e imaginación, superando las convenciones, y en virtud de este comportamiento, harán nacer nuevas formas de esoterismo. «Un esoterismo de la escritura», percibido como tal gracias a la transformación de la palabra escrita en forma geométrica.
Esta transformación no es una prerrogativa de las vanguardias históricas; su origen es muy antiguo, y hunde sus raíces no en el interior del mundo del arte, sino en el de la tradición mágico-religiosa. Pensemos, por ejemplo, en la arquitectura de la palabra abracadabra, estructura de triángulo invertido, o en el cuadrado mágico constituido por el anagrama SATOR, al que nos hemos referido anteriormente.
El valor mágico y evocador de la palabra se manifiesta en el Verbo de tradición evangélica (Juan 1, 1): la vida comienza con el Verbo, y Dios expresa en él todo su poder, como lo representaron bastante prosaicamente los pintores medievales, que dieron un significado físico al Verbo en forma de cono que alcanza la tierra desde la boca del Señor. Un poder generador que reencontramos en numerosos motivos iconográficos, entre los cuales destaca el de la fecundación auricular de la Virgen por el Espíritu Santo por ser el más emblemático.
El papel creado por la palabra se encuentra también en el Sitre Otiyot (el secreto de las letras) contenido en el Zohar (Libro del esplendor), comentario mítico de la Tora, que pone en evidencia la participación de las letras en la creación del mundo.
Sin embargo, cuando la palabra representa el caos, tanto en su forma como en su significado, se convierte en instrumento de desorden: la fórmula mágica pronunciada por las brujas es un ejemplo destacado de ello. Entonces podemos preguntarnos lo siguiente: ¿el poder destructor de la palabra debe buscarse en las dificultades para comprender su significado o en la problematización de la persona que la profiere? En esencia, ¿una misma palabra puede ser buena o mala en función de la persona que la pronuncia?
La respuesta resulta casi evidente: el espacio semántico de un término siempre está condicionado por su contexto, y quien escribe o habla añade un matiz de valor simbólico que condiciona el significado, sin por ello alterar el significante. En la práctica, la relatividad del significado es el auténtico generador del esoterismo de la palabra. Su simbolismo se transforma también en una especie de hipertexto en que la intervención del lector resulta imprescindible para desvelar los significados que se ocultan bajo la apariencia.
Encontramos un claro ejemplo de ello en los libros de alquimia, en que palabras y dibujos se combinan en un lenguaje totalmente alejado de modelos y fórmulas canónicas, mientras se acentúa un profundo hermetismo marcado por múltiples claves de lectura.
Es probable que la aglutinación visual de la palabra y de la figura en los logogramas y cosmogramas —lo cual ha constituido la práctica específica con la que la escritura hermética, mágica y alquímica ha dado lugar a una voluntad de lenguaje más complejo I que el de la comunicación literaria/filosófica o la de la invocación religiosa— haya comenzado en la época del libro y de las tipografías con el emblema de la Philosophia pauperum de Alberto el Grande.
Las investigaciones iconológicas del Warburg Instituí y las que son modeladas sobre la búsqueda de arquetipos por C. G. Jung y sus seguidores han permitido lecturas más problemáticas y racionales del texto esotérico.
Nunca hay que olvidar que el mensaje simbólico de la palabra puede expresarse fuera del texto eminentemente esotérico, como un manual de alquimia. Algunos autores famosos, en efecto, han dejado transparentar alusiones profundas a la cultura hermética en obras tan grandiosas como La divina comedia de Dante Alighieri (1265-1321) o, por el contrario, en obras más modestas cuyo hermetismo no es perceptible más que por algunos expertos.