El unicornio

esoterismo

Representación imaginaria de un unicornio

En la línea de la cultura simbólica que creó al hipogrifo se halla el unicornio. Considerado un animal sobrenatural, siempre implicado en historias veladas por un simbolismo impenetrable, el unicornio era para el poeta chino Han Yu (siglo ix) una criatura «de feliz presagio. Sin embargo, el unicornio no se cuenta entre los animales domésticos, no está clasificado ni es fácil de encontrar. Así pues, podríamos encontrarnos frente a frente y no reconocerlo, como ocurriría con un caballo, por sus crines, o con un toro, por sus cuernos».
Este testimonio sibilino ilustra perfectamente la complejidad de la figura del unicornio, capaz de generar numerosas interpretaciones en el seno de los distintos mensajes mitológicos. Los primeros testimonios sobre este animal fabuloso provienen de Ctesias de Cnido (siglo IV a. de C); fueron retomados luego por Fozio y presentados más tarde en un resumen:
Hay en la India unos asnos salvajes del tamaño de un caballo y a veces incluso mayores. Tienen el cuerpo blanco, la cabeza de color púrpura, los ojos azulados y un cuerno en el centro de la frente, de un codo de longitud. La parte inferior de este cuerno, que parte de la frente y asciende dos palmas más arriba, es totalmente blanca; la central es negra, y la parte superior es roja, de un hermoso rojo, y termina en punta. Con ella se fabrican cálices para beber. Quienes los emplean no son víctimas de convulsiones ni de epilepsia ni de envenenamiento, siempre que antes de tomar el veneno o después de tomarlo beban en estos cálices agua, vino o cualquier otra bebida… Este animal es muy fuerte y muy rápido. Ningún caballo ni otro animal pueden atraparlo.
Según una tradición medieval, para capturar al unicornio era necesario tenderle una trampa con una joven virgen que, sentada en un claro, conseguía atraer al animal por su olor. El unicornio aparecía en el bosque y se acostaba a los pies de la joven; los cazadores salían entonces de sus escondrijos y podían capturar con facilidad a la tan ansiada presa. En el Physiologus podemos leer una variante de este proceso: «Puesto que el cazador no puede acercarse a él a causa de su extraordinaria fuerza, le presenta a una virgen inmaculada y el animal se abalanza al regazo de la virgen, que lo amamanta y lo lleva al palacio del rey».
A través de estas someras pero claras descripciones, podemos extraer algunos elementos recurrentes que caracterizan al unicornio. El más significativo, más allá del aspecto mismo del animal, es el poder mágico-terapéutico del cuerno, un elemento que lo ha hecho increíblemente importante para los hombres y, poco a poco, fundamental en las prácticas apotropaicas y propiciatorias.
Todo el mito se configura, por tanto, como una amalgama del signo del poder sobrenatural, centrado en la anomalía del poder del cuerno único, y de la diversidad, que genera miedos e incertidumbres. Salvaje, imposible de capturar, terrible y muy dulce, el unicornio siempre ha ocultado el secreto de su origen, y ningún tratado medieval resuelve del todo el misterio de su formación.
La tradición bíblica contribuyó sin duda alguna a proporcionar un apoyo a la difusión del unicornio en el cristianismo. En las obras del Antiguo Testamento se habla del re’em, de base etimológica incierta (¿se trata de un gran uro que posee un único cuerno?) y que en algunas versiones griegas (siglo IIl) fue traducido por monokeros, es decir, unicornio. Esta situación ha marcado intensamente la relación simbólica entre el ser humano y el unicornio, hasta llegar a ser un punto de referencia constante de las leyendas occidentales.
El origen del mito, sin embargo, debe buscarse en Oriente, especialmente en China, Persia y la India. Encontramos un rastro en la Atharvaveda y en el Bun-dahishn persa, así como en otros relatos que constituyen el panorama mítico-literario oriental. Es en estas obras donde se ha consolidado poco a poco la imagen medieval del unicornio —con sus particularidades y su comportamiento—, caracterizada por una serie de modalidades y efectos simbólicos que han acompañado a esta figura hasta nuestros días. Por tanto, el origen de este animal extraordinario debe buscarse más allá del Ganges, si bien, objetivamente, parece imposible hallar una ubicación exacta.
Según Plinio el Viejo, el unicornio era una especie de monstruo con cabeza de ciervo, patas de elefante, cola de jabalí y cuerpo de caballo, con un largo cuerno negro en la frente. Una descripción bastante compleja y heterogénea que no encuentra confirmación más que en la libertad de interpretación derivada de una imaginación fuera de las referencias concretas de la realidad. César habla de un unicornio que vivía en el bosque Herciniano; Marco Polo lo describe como una bestia grande y fea, pero el viajero infatigable seguramente se refería a los rinocerontes.
Entre los siglos XII y XIII el unicornio halló su dimensión objetiva en el terreno de la imagen, adoptando un aspecto menos híbrido con relación a las descripciones anteriores.
Ya numerosos eruditos del pasado manifestaban cierto escepticismo por los cuernos de unicornio exhibidos en los cursos y los «laboratorios de maravillas». Objetos sorprendentes que Kircher, en su Mundi subterranei, consideraba dientes del mar: el primer ejemplo de una interpretación científica más madura establecía una relación directa entre el unicornio mítico y el narval, cetáceo provisto de un largo colmillo de marfil en espiral, que muy probablemente fuera durante mucho tiempo la materia primera de las leyendas sobre el unicornio.