El secreto de las catedrales

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Catedral de Wells

El simbolismo hermético de las catedrales es uno de los temas más recurrentes del esoterismo, sobre el cual se ha escrito mucho. En lo referente a los aspectos de base, hemos propuesto una visión de conjunto en una obra anterior, y en esta ocasión vamos a volver sobre nuestras reflexiones ofreciendo una serie de datos necesarios para empezar a comprender las amplias lecturas especializadas. Lecturas que en algunos casos son algo confusas y parecen destinadas a no ofrecer nunca una definición precisa.
Además, en numerosas ocasiones, el lenguaje que caracteriza estas publicaciones se dirige a quienes están acostumbrados a estos trabajos (esotéricos) y, por tanto, es difícil de descifrar por los historiadores del arte o cualquier inexperto. Por tanto, intentaremos aclarar determinados puntos que pueden ser considerados la base a partir de la cual se ha afirmado la tradición del papel esotérico de las catedrales medievales.
Para empezar, intentaremos definir exactamente qué es una catedral. Desde el punto de vista estrictamente técnico, es la iglesia principal de la diócesis, aquella en la que se encuentra la cátedra del obispo. También suele ser el edificio más elaborado desde el punto de vista arquitectónico y artístico, capaz de dar una imagen muy clara de la cultura y la teología del periodo durante el cual ha sido erigida.
Hasta aquí, los aspectos generales. Pasemos ahora a las características esotéricas. En primer lugar, revisaremos la opinión de un gran especialista, Jean Hani:

En el pensamiento tradicional, en efecto, la concepción del templo nunca es dejada a la libre inspiración del arquitecto, sino que es ofrecida al propio Dios. En otras palabras, el templo terrestre es realizado en conformidad con un arquetipo celestial comunicado a los hombres por la intercesión de un profeta, y eso es lo que funda legítimamente la tradición arquitectónica.

Los esoteristas insisten en el hecho de que la matriz mística, en el origen de la construcción sagrada, ha sido codificada por un lenguaje armonioso regulado por una relación precisa entre las formas. La comprensión de una relación así permite, a quienes se muestran capaces de descodificarla, remontarse a los significados simbólicos más antiguos, insertados por los arquitectos medievales en las estructuras del templo. El más elemental está constituido por la orientación del edificio. En efecto, la orientación formaba parte integrante del rito de fundación por medio del trazado del círculo director de los ejes cardinales. La iglesia cristiana está orientada ritualmente según la dirección oeste-este con la cabeza (el ábside) vuelta hacia el este. Se trata de una tradición que se ha verificado desde la más remota Antigüedad. Las construcciones apostólicas, que tal vez no se remontan a los propios apóstoles, pero que, en cualquier caso, reflejan las costumbres más antiguas, imponen la orientación de las iglesias.
La orientación ritual de la plegaria, todavía muy viva en algunas religiones (por ejemplo, en el islam), fue también una prerrogativa para el cristianismo. Santo Tomas de Aquino (1225-1274) subrayaba:

Es preferible que adoremos con el rostro vuelto a oriente: en primer lugar, para mostrar la majestad de Dios, que nos es manifestada por medio del movimiento del cielo, que se inicia en oriente; en segundo lugar, porque el Paraíso terrenal se encontraba en oriente y pretendemos regresar a él; en tercer lugar, porque Cristo, que es la luz del mundo, es llamado Oriente por el profeta Zacarías y porque, según Daniel, ascendió al cielo en oriente; y, por último, porque El regresará de oriente, como anuncian las palabras del Evangelio.

El cruce entre el transepto (la nave transversal) y la nave central constituye una cruz latina (el eje vertical más largo que el eje horizontal, situado a un tercio) que puede ser considerada la síntesis de la representación del hombre de pie con los brazos abiertos.
«Según Hildegarda de Bingen, el hombre, en su longitud y su anchura, con los brazos abiertos, se inscribe en dos series iguales y perpendiculares de cinco cuadrados iguales y, por último, en un cuadrado perfecto». Desde este punto de vista se explica la tesis esotérica que designa el plano de las catedrales como la síntesis de la perfección y el equilibrio.
Los especialistas del simbolismo esotérico de las catedrales van, más o menos, en este sentido y adoptan una visión todavía fuertemente influenciada por el mensaje cristiano. Veamos lo que afirma A. Nataf: «La cruz latina constituye por sí sola la clave de las doctrinas metafísicas del cristianismo. ¿De qué modo? No como símbolo del suplicio de Cristo, sino como el de la muerte del adepto».
Naturalmente, quienes imaginaban y construían una catedral sin duda poseían un conocimiento profundo sobre historia de las religiones y esoterismo; además, los arquitectos y los ingenieros debían tener una gran capacidad para recoger en una única estructura arquitectónica contenidos y conocimientos que podían ser muy dispares.