El nazismo, entre el esoterismo y la magia

La marca dejada por el nazismo en la historia de la humanidad es imborrable, y los historiadores han ofrecidos numerosas interpretaciones de uno de los fenómenos más inquietantes e incomprensibles del siglo XX.
Podemos encontrar características ocultas pero no menos angustiosas en la cultura del Tercer Reich alemán: son las supuestas raíces esotéricas y mágicas de las numerosas experiencias ideológicas del nazismo.
El historiador Giorgio Galli ha visto en la asociación Die Telyn, surgida en 1867, que adoptó el nombre de un arpa celta tocada por los bardos, los orígenes del nazismo:
En esta asociación militaban los futuros fundadores de la socialdemocracia austríaca, pero también jóvenes entusiastas, admiradores de Nietzsche y de Wagner, que colaboraron unos años con Georg Ritter von Schónerer, fundador del movimiento pangermanista al que Hitler apelaría explícitamente en Mein Kampf.
Cuando en 1933 Adolf Hitler se convirtió en canciller del Reich, era más necesario que nunca definir los puntos clave de la unidad nacional alemana, no sólo en el terreno político, sino también en los ámbitos ideológico y simbólico.
En estas condiciones, el recurso a modelos sagrados, arquetipos divinos y raíces esotéricas constituyó la piedra angular capaz de sostener la voluntad de hallar un sentido histórico o, aún mejor, divino o divinizable a las nuevas directrices políticas y culturales que fomentaban la búsqueda delirante de confirmaciones sobre la denominada superioridad racial, por ejemplo.
La satanización de todo ello es casi demasiado conocida y ha sido objeto de análisis en todas las direcciones. Quizás el psicólogo suizo C. G. Jung haya sido el intelectual que ha ofrecido una interpretación equilibrada, mirando hacia el interior de la persona y dejando a un lado los lugares comunes:
Las religiones antiguas, con sus símbolos sublimes y ridículos, bonachones y crueles, no cayeron del cielo, sino que nacieron en esta misma alma humana que vive todavía hoy en nosotros. Todas las cosas, sus formas primordiales, viven en nosotros y pueden asaltarnos en cualquier momento con una fuerza destructora, es decir, en forma de una sujeción de masa, contra la cual el individuo está desarmado.
El arquetipo constituido por Wotan/Odín se convirtió para muchos alemanes en la expresión de lo sagrado que sabía unir esotéricamente en una sola estructura las instancias religiosas y guerreras. El pueblo-raza, que parecía descender de Odín, descubría sus propias raíces en el lenguaje simbólico que estaba en el origen de los signos más sencillos de antiguas civilizaciones, como la esvástica.
La referencia esotérica de los fundadores del nazismo se percibe claramente en la ideología que alentaba a los Völk, término que no se puede traducir y que designa a una comunidad constituida por miembros que se sienten unidos por vínculos de sangre, conscientes de saber captar en la naturaleza una fuerza trascendental designada de diferentes modos, pero siempre destinada a conferir a los adeptos una energía distinta, algo que los hace mejores: la raza escogida.
Basándose en las interpretaciones personales de los clásicos (De bello gallico de César y Germania de Tácito), hasta llegar a la filosofía de los rosacruz, el Reich, desde el punto de vista esotérico, se convirtió en un enorme caballo de Troya que albergó tesis y filosofías ocultas, a menudo contrapuestas, pero relacionadas con un supuesto diseño simbólico sin fundamento histórico.
La élite cultural del partido nacionalsocialista también estuvo condicionada por la teosofía de Blavatsky, que escribió algunos libros marcados por una profunda espiritualidad, fundamentada en una fuerte creencia en la tradición espiritista y el sincretismo religioso. Una gran parte de su teoría alimentaba el deseo de búsqueda de los Völk: ciudades desaparecidas, manuscritos perdidos, símbolos y relecturas filológicas de textos antiguos…, todos los ingredientes necesarios para sostener las certezas casi escatológicas de la ideología nazi.
Eruditos, iniciados y visionarios como Adolf Josef Lanz o Dietrich Eckart, incluso Heinrich Himmler, elaboraron un conjunto de hipótesis en que la arqueología, el racismo y la historia de las religiones se transformaban en un universo magmático, cuyas galaxias más lejanas podían albergar la confirmación del origen, casi divino y sagrado, del imperio nazi.
La búsqueda del reino subterráneo de Agharta y de su capital Shamballa, de la energía secreta oculta en el arca de la alianza o de la inmortalidad contenida en el Santo Grial es un leitmotiv de la mitología moderna que acompaña la imagen de un Hitler esoterista.
El deseo de captar el valor oculto de antiguos conocimientos, el poder de los símbolos atávicos y, sobre todo, la necesidad constante de trazar un vínculo entre la ideología del Reich y las religiones constituyen, sin duda, uno de los aspectos más ocultos e inquietantes del nazismo.
¿Qué significado podemos dar a los cuerpos de monjes tibetanos que se hallaron en el bunker de Berlín? Si no se trata de una leyenda urbana, es evidente que este hecho, como tantos otros, acompaña con fuerza la dimensión esotérica en la que numerosos nazis quisieron captar los signos ocultos del final de su misión.
Cenas esotéricas, iniciaciones, búsqueda de indicios de la edad de oro mítica en que la mitología nórdica se mezclaba con la oriental y apropiación del simbolismo masónico fueron algunos de los elementos que dominaron el nacionalsocialismo esotérico. Todo ello impregnado con símbolos guerreros, a veces violentos y destinados a hacer prevaler un sentimiento de superioridad que degenera fácilmente en delirio de omnipotencia. Cuando el adepto cree ser el elegido, la longa manu de su dios, todo degenera en un deseo de poder desenfrenado que aliena la razón.