El lenguaje alquímico de Pinocho

Cuando en 1881 Carlo Lorenzini (1826-1890), cuyo nombre artístico era Collodi, publicó el primer episodio de Las aventuras de Pinocho en el Journal pour enfants, seguramente no imaginaba que este pequeño ser de madera, capaz de vivir sorprendentes experiencias, iba a dejar una profunda huella en la historia de la literatura. Partiendo del mundo encantado de los libros para niños, Pinocho alcanzó los niveles más significativos de las novelas para adultos, suscitando numerosos análisis sobre un universo simbólico en el que el bien y el mal intentan constantemente ponerse uno por encima del otro.
Sin embargo, el tema principal, el que domina toda metáfora presente en la exasperante moral de Collodi u oculta en los entresijos de la historia, es la iniciación, la metamorfosis escandida por toda una serie de obstáculos que aseguran su validez.
Gepetto decide fabricar un autómata, un ser que será un hijo ficticio y un dócil sirviente consagrado a su utilidad de creador: «He pensado que podría hacer una bella marioneta de madera, pero una marioneta extraordinaria, capaz de bailar, de desenvainar la espada y de dar saltos peligrosos. Con ella, podría recorrer el mundo consiguiendo aquí y allá un pedazo de pan y un vaso de vino. ¿Qué me dicen?».
El títere, ya en el proyecto de su creador, es un ser inferior cuya alteridad se expresa por la elección de un nombre: «¿Cómo puedo llamarlo?, se preguntaba. Lo llamaré Pinocho. Este nombre le dará felicidad. He conocido a toda una familia Pinocho. El padre, la madre y los hijos, todos vivían felices. Y el más acomodado de ellos se limitaba a mendigar» (capítulo II).
La transformación, casi alquímica, da vida a la materia inerte: desde el momento en que Gepetto trabaja con la madera, las diferentes partes anatómicas extraídas de la materia natural se ven dotadas de una vida propia y exigen autonomía. El títere de madera es un mito moderno desde cualquier punto de vista y evoca un mito antiguo, que parte de Prometeo y llega a Frankenstein. Sin embargo, el pequeño ser creado por Gepetto ha sufrido la domesticación de la tradición cristiana, entre moralidad y educación. El estado de Pinocho es todavía el de un títere, como confirman en el capítulo X sus semejantes, otros seres del Pequeño Teatro de Marionetas, metáfora infernal controlada por Mangefeu-Satán y descrita en la narración ambigua de Collodi: «No era un mal hombre». Se emociona, en efecto, ante los gritos de Pinocho títere, que afirma de manera paradójica: «¡No quiero morir, no quiero morir!». El títere demuestra claramente haber comprendido que su estado puede cambiar (¿quizás ese era ya el caso?): teme la muerte como una criatura viva. Una muerte que, en la interpretación pa-roxística del relato, debía marcar el fin de Las aventuras de Pinocho; sin embargo, por insistencia de los lectores, las aventuras prosiguieron hasta la versión actual.
El títere, una vez que ha dejado atrás este rito de paso, puede continuar su viaje evolutivo hacia la adquisición de una humanidad que de ahora en adelante no le es impuesta desde el exterior. En efecto, es este ser de madera sin identidad el que, como la criatura del doctor Frankenstein, comprende por completo el peso de su diferencia e intenta liberarse de él. La evolución de un neogolem a un «niño normal», purificado del estado de la madera, cuyo valor humano se expresa virtualmente en los razonamientos, pero que es negado por la forma y la apariencia, que debe progresar más antes de llegar al fin del viaje. Tiene que pasar por el estado de la animalidad para poder alcanzar la plena posesión del estado humano, siguiendo un recorrido de transmutación que confiere la vida a la materia informe, pero en el que la moral y la memoria parecen nacer de un poder superior.
Antes de convertirse en un niño como los demás, Pinocho será transformado en asno, porque la animalidad, que el ser humano se muestra a menudo capaz de poseer, siempre es más inocente y noble que cualquier mecanismo. Aquí podemos recordar El asno de oro, ya presente en el mito de Apuleyo, en el que la transformación en asno representa una metamorfosis que precede al conocimiento.
En el capítulo XXXIV tiene lugar el auténtico nacimiento de Pinocho. Vendido por el director de circo porque cojea (el títere sigue teniendo el aspecto de un asno), Pinocho es comprado por alguien que quiere obtener su piel, pero que, al no saber cómo matarlo, le ata una piedra a la pata y lo arroja al mar para ahogarlo. Y es en el agua donde tiene lugar la mutación. Al término del viaje, en el momento en que Pinocho cambia de estado dentro del vientre del monstruo marino/atanor, alcanza al fin su condición de «amable jovencito». El títere ya no da señales de vida, «apoyado en un asiento, con la cabeza vuelta hacia un lado, los brazos colgando y las piernas enredadas y dobladas por la mitad; hubiera sido un milagro verlo de pie» (capítulo XXXVI).