El jardín esotérico

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Jardín Zen

A lo largo del tiempo, los jardines han sido el espejo de la interioridad humana, lugares en los que buscar alguna cosa, ser o aparecer, huir o esperar. Para muchas personas, los jardines se asocian a la idea de paz, de tranquilidad, de huida del ruido del mundo, de espiritualidad y de tranquilidad interior. Lugares en los que cohabitan diferentes especies de plantas que pacifican los sentidos, mitigan las emociones, calman las revueltas interiores y nos permiten mirarnos en nosotros mismos, contemplar y meditar.
Sin embargo, el jardín corresponde también a un recorrido de tipo simbólico, acompasado por toda una serie de elementos alegóricos que encontramos en todas las culturas. Por ejemplo, el Edén, también denominado «el jardín del Señor», que puede ser visto como el arquetipo del jardín, contiene todo tipo de árboles, incluidos el árbol de la vida y el de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2, 8-17).
Las civilizaciones que han representado el paraíso en forma de jardín son numerosas. Además, estos jardines suelen incluir una piscina, como la descrita por Serezade en Las muy una noches, que es utilizada como espejo.
Los célebres jardines colgantes de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que algunos consideran un mito, estaban en la ciudad antigua, al sur de la actual Bagdad, y fueron construidos por Nabucodonosor II, el rey guerrero, en el año 605 a. de C.
Las mitologías griega y romana están repletas de imágenes de jardines en los que tienen lugar aventuras galantes, combates, litigios y descansos entre los inmortales. El modelo mítico de los jardines griegos es el de las Hespérides, lugar que simboliza la fecundidad de la naturaleza. Las hespérides eran ninfas, hijas de Hespéride y de Atalante, que vivían en un jardín maravilloso en el que crecían algunos árboles de manzanas de oro. La entrada de este lugar paradisiaco estaba vigilada por el guardián de la puerta, un dragón que mató Hércules en su undécimo trabajo (aprovechó entonces para robar todas las riquezas del jardín).
No disponemos de ningún ejemplo de jardín medieval, de manera que sólo podemos deducir su aspecto a partir de las fuentes literarias y de las miniaturas. El ejemplo más clásico es el de la tabla pintada por un artista alemán hacia 1410, titulada El jardinillo del paraíso. En dicha obra el jardín aparece encerrado entre unos muros almenados sobre los que se posan numerosos pájaros de colores, y alrededor se han plantado diferentes especies de árboles y flores (lirios, muguetes, rosas, azucenas). En el interior del jardín puede verse al Niño Jesús jugando, a la Virgen leyendo y a varias personas ocupadas en actividades agradables como recoger flores, charlar, sacar agua…
En el Renacimiento, el jardín se convierte en una recreación de la perfección de la naturaleza. El jardín es un espacio natural «domesticado» por la arquitectura, reducido a proporciones geométricas perfectas que expresan un simbolismo metafisico. Está poblado de imágenes, estatuas, bajorrelieves, recreaciones de la era clásica. Todo un patrimonio simbólico que será la base sobre la que se afirmarán las horti esotéricas de los siglos XVI y XVII, a menudo imaginadas por los alquimistas de la época.

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