El homúnculo

La creación de la vida fue un tema extremadamente fascinante para Paracelso, que concretó en el mito del homúnculo, producido in vitro a través de un complicado proceso químico-biológico que debe mucho al simbolismo esotérico.
Otra concepción, y no menos importante, es la del vaso hermético (vas Hermetis), representado por las retortas o los hornillos de atanor que contenían las sustancias que debían transformarse. Aunque sea un instrumento, existen conexiones muy particulares con la prima materia, así como con el lapislázuli, y por ello no es más que un simple aparato. Para los alquimistas, el vaso es algo realmente maravilloso: un vas mirabile (vaso maravilloso). María la Profeta dice que todo el secreto reside en el conocimiento de lo que ha obtenido del vaso. Se apunta sin cesar: Unum est vas. Debe ser completamente redondo, imitando al cosmos esférico, de manera que la influencia de las estrellas pueda contribuir al éxito de la operación. Es una especie de matriz o de útero del que debe nacer el filius philosophorum (hijo de los filósofos), la piedra milagrosa. Por este motivo también se recomienda que el vaso no sólo sea redondo, sino que tenga forma de huevo. Se nos lleva de manera natural a considerar este vaso como una especie de retorta o de frasco, pero pronto nos damos cuenta de que esta explicación es insuficiente, porque el vaso representa más una idea mística, un verdadero símbolo, como todas las nociones importantes de la alquimia.
Para la creación del homúnculo, es indispensable tener un «vaso», que puede vincularse simbólicamente al atanor de los alquimistas, en el que se llevaban a cabo los procesos relativos a la transmutación de los elementos, por medio de los cuales el plomo podía transformarse en oro. Así, el mecanismo simbólico se amplifica posteriormente, y el recipiente de vidrio se convierte en una metáfora de la placenta. En realidad, en los tratados anatómicos de la alta Edad Media, la membrana suele ser representada como un frasco en el que se forma la vida.
En general, se atribuía a Arnaud de Villeneuve (h. 1235-1313) una primera reflexión teórica sobre el homúnculo, aunque fue precisamente Paracelso quien afrontó el tema con un comportamiento racional, hasta elaborar los métodos científicos para permitir la creación del ser misterioso:
Ahora desearía ante todo hablar de la generación del homúnculo. Tema guardado hasta hoy como el mayor de los secretos. Entre los antiguos filósofos constituyó una fuente de dudas y problemas nada despreciable el hecho de descubrir si el arte y la naturaleza eran capaces de generar un hombre sin madre natural. Yo respondo que ello no contradice en absoluto el arte espagírico ni la naturaleza, sino que, por el contrario, es totalmente posible. Veamos cómo proceder: el semen de un hombre se deja pudrir en un alambique sellado, al calor de un vientre de caballo, con la putrefacción máxima, durante cuarenta días o más, hasta que se vuelve vivo y móvil, que es algo que se constata con facilidad. Pasado ese tiempo, empezará en cierto modo a parecerse a un hombre, pero será de I cuerpo transparente. Si después de eso se le alimenta abundantemente con sangre humana durante cuarenta semanas, y si se conserva en el calor uniforme del vientre de caballo, nacerá un niño auténtico y vivo, provisto de todos los miembros, como cualquier recién nacido engendrado por una mujer. Lo llamaremos «homúnculo» y será criado con sumo cuidado y diligencia, sin diferencia con respecto a los demás niños, hasta que culmine su crecimiento y alcance la edad de la inteligencia.
Paracelso precisa a continuación que la «técnica» debía de ser ya conocida en la Antigüedad, y que los «productos» de la creación alquímica habrían sido incorporados a la interpretación mítica y así confiados al recuerdo. Es lo que Paracelso escribe en De rerum natura, libro I:
Aun cuando esto [la técnica para la creación del homúnculo] fue ocultado a los hombres naturales, los silvestres, las ninfas y los gigantes lo conocían desde los tiempos remotos en los que nacieron, porque los gigantes, los enanos y otros monstruos similares que fueron utilizados como instrumentos para las grandes obras de Dios y que obtuvieron grandes y potentes victorias sobre sus enemigos y que saben las cosas secretas y ocultas que el hombre no puede saber, proceden de dichos homúnculos llegados a la edad madura. Estos reciben su vida del arte; obtienen su cuerpo, su carne, sus huesos, su sangre por el arte, y nacen del arte. Por ello el arte permanece incorporado e innato en ellos; no lo aprenden de nadie, sino que hay que aprenderlo de ellos. Nacen y crecen gracias al arte, como las rosas y las flores del jardín, y son llamados hijos de los silvestres y de las ninfas; por tanto, se asemejan a los espíritus y no a los hombres, por su fuerza y las obras que realizan.
En la práctica alquímica propuesta por Paracelso, resulta evidente que la pri-merísima intención del hombre es apropiarse del poder femenino de la creación a través de la metáfora del «vientre de caballo» y, sobre todo, sin madre natural. En la experiencia de Paracelso, el esperma es el sujeto principal de la formación del homúnculo, el que se apropia de todas las funciones femeninas, aún más que en el mito falócrata del golem, en el que encontramos una alusión a lo femenino a través del elemento tierra que participa en la creación de la criatura.
La teoría del homúnculo halla su propio territorio fértil y simbólico en la antigua «doctrina de la preformación» ya expresada por Platón, Empédocles, San Agustín y muchos otros Padres de la Iglesia. Las dimensiones del homúnculo son una de sus prerrogativas esenciales; remiten a los modelos del gnomo o del elfo extensamente utilizados en la mitología.
Según Jung, en la visión de Zósimo (siglos IV-V), en la que un ser humano es «cocinado» en un recipiente, es posible percibir el significado original de la alquimia, entendida como fertilización mágica, a través de la cual resulta posible crear la vida sin la intervención de una mujer.
Sin embargo, no faltan críticas hacia Paracelso: Francis Bacon, en La Nueva Atlántida, declara que nunca habría «aspirado a la construcción de los pigmeos de Paracelso, ni de otras locuras prodigiosas semejantes». Sus apologistas, en cambio, afirman que el homúnculo presenta un significado simbólico, que no hay que considerar en primer grado; sería:
[…] nada menos que un embrión metálico, o una Piedra filosofal, el objetivo anhelado por los ocultistas de todas las épocas en China, Egipto, Persia y Europa. Si, por un lado, la búsqueda de esta Piedra incitaba a algunos fanáticos, como el mariscal Gilles de Rais en el siglo XV, a sacrificar a cientos de niños inocentes, también inspiró la búsqueda del Santo Grial. En la poesía de Wolfram von Eschenbach (siglo Xlll), a causa de influencias islamistas, por primera vez la Piedra sustituyó al Grial.