El árbol, unión entre cielo y tierra

videncia

El árbol suele ser utilizado con distintas funciones simbólicas en las religiones de numerosos pueblos

Pasemos a otro elemento de la naturaleza que constituye en la tradición esotérica un tema rico en símbolos: el árbol.
En todas las culturas, el ser humano ha intuido que de los árboles emana una energía y ha obtenido a menudo lecciones e indicaciones de ello, que ha sublimado luego en las religiones y las mitologías. Es difícil establecer qué relación ha encontrado en primer lugar una conformación objetiva: la relación directa con un uso práctico del árbol (desde la provisión de material de construcción hasta el uso alimentario y terapéutico) o bien una utilización simbólica, que ha situado el árbol en el interior de un orden universal en el que domina una figura cósmica indicada como dios.
En cualquier caso, y con el tiempo, estas dos relaciones se han limitado, alimentado, hasta mezclarse en una dimensión en la que rito y uso práctico están tan relacionados que parecen ser uno.
El árbol es el «lugar» en el que el mundo subterráneo entra en relación con el celestial, dando vida a una continuidad cósmica ininterrumpida. Las raíces (el universo subterráneo), el tronco (la superficie terrestre) y las ramas (el cielo) hacen del árbol el axis mundi, presencia tan importante en las tradiciones de numerosos países que del mundo de los mitos y de la religión ha pasado lentamente al del folclore. El roble en la Galia, el tilo entre los germanos, el fresno en Escandinavia, el olivo en el islam, el abedul y el alerce en Siberia forman parte de los especímenes adoptados por tradiciones religiosas pertenecientes a culturas que han visto en el árbol un símbolo concreto de vida y, sobre todo, una relación directa entre el mundo de los hombres y el de los dioses.
El árbol de la vida, en el Génesis (2, 9), el Kien chino y el tan famoso Yggdrasil de la cultura germánica han conquistado un valor importante en zonas geográficas y culturales alejadas de las de origen, y han asumido significados simbólicos más amplios, a los que con frecuencia se hace referencia incluso de manera inconsciente.
Los árboles del jardín de las Hespérides, el pipal de Bodhgaya, bajo el cual Buda tuvo la iluminación, el nogal demoniaco de Benevento, así como muchos otros árboles con un papel bien determinado en la tradición, han dejado una huella en nuestra cultura: signos a los que apenas hacemos alusión, ecos, huellas efímeras capaces de vincularse para siempre a un pasado atávico en que los árboles todavía eran «escuchados». Si consideramos el árbol como una presencia positiva de la que obtener, entre otras cosas, medicamentos, debemos preguntarnos cuál es el humus que de forma ininterrumpida ha alimentado esta certeza. Todo ello antes de la experimentación y la aplicación codificada en la «sabiduría popular», que, aunque débiles, han llegado hasta nosotros.
El valor positivo del árbol radica en su vínculo con la vida y, en particular, con el nacimiento; en este sentido, el árbol genealógico es muy emblemático. La lengua común, en efecto, es rica en imágenes vegetales que guardan relación con la vida: pensemos en las «ramas» de una familia y en su «cepa», o incluso en la palabra retoño que se usa para designar a un recién nacido. No es casualidad que Rómulo y Remo fueran amamantados por la famosa loba bajo una higuera.
Consideramos que probablemente sea en la transformación estacional del árbol donde el ser humano haya caracterizado simbólicamente la renovación del mito del eterno retorno, mientras que en los árboles de hoja perenne ha visto la presencia de algo sobrenatural, mágico y divino que permite a estos árboles sobrevivir al frío y al invierno.