André Bretón y los surrealistas

esoterico

Attirement of the bride, obra de Max Ernst

El surrealismo se basa en la idea de un grado de realidad superior relacionado con determinadas formas de asociación hasta entonces olvidadas, en la omnipotencia del signo, en el juego desinteresado del pensamiento…
Esto es lo que dice el Manifiesto del surrealismo, escrito en 1924 por André Breton (1896-1966), un documento que resulta fundamental en la historia del arte contemporáneo, cuyo autor supo observar atentamente las teorías innovadoras del inconsciente.
El fundador del surrealismo subrayaba que el arte debe expresarse «sin el control de la razón, más allá de toda preocupación estética y moral».
André Breton invocaba «la absoluta necesidad de cerrar definitivamente toda relación con el idealismo propiamente dicho» y confirmaba la adhesión del movimiento al principio del materialismo histórico haciendo referencia a Agrippa y apelando a «determinadas prácticas de alquimia mental».
Breton subrayaba, además, que «las búsquedas surrealistas presentan una notable analogía de intenciones con las búsquedas alquímicas». Numerosos artistas e intelectuales que formaban parte del grupo, aunque se basaran ideológicamente en el racionalismo, fueron atraídos por la cultura esotérica y sus diferentes niveles simbólicos. No hay más que pensar en las obras de René Magritte (1898-1967), que presentan la profundidad del papel simbólico y esotérico en el seno de la búsqueda surrealista.
¿Por qué el surrealismo ha sido considerado esotérico? Sin duda, a causa de sus estrechos vínculos con el universo de la magia: una práctica presente en múltiples obras surrealistas que halla su apoteosis en El arte mágico de Bretón, un volumen en el que el autor explora la historia del arte desde una óptica surrealista, poniendo en evidencia el peso del pensamiento mágico en el interior de la aventura creadora del ser humano.
El libro está tejido con referencias esotéricas, tanto en lo que concierne al lenguaje como a la elección de las imágenes; el autor reflexiona en particular sobre el arte prehistórico y primitivo, a menudo surgido de una creatividad espontánea y que refleja sin deformaciones las órdenes del inconsciente.
Gracias a esta prerrogativa el arte se vuelve esotérico: para comprender su significado, en efecto, es necesario superar las apariencias y penetrar en los aspectos más ocultos.
La apoteosis del lenguaje esotérico en el interior del movimiento surrealista tiene lugar con artistas como Max Ernst y Salvador Dalí.
Max Ernst (1891-1976) realizó una verdadera obra esotérica con su tela Attirement of the bride (1939-1940). La apariencia de la mujer casada, en primer plano, es monstruosa; aparece totalmente cubierta por un abrigo que le confiere el aspecto de una lechuza, criatura de la noche, pero también, según el saber esotérico, símbolo de sabiduría y emblema de Minerva. Junto a la esposa se encuentran una mujer desnuda, que es alejada por la primera, y un pájaro antropomorfo que sostiene una lanza rota, símbolo de la castidad perdida. A sus pies, se halla una pequeña criatura con cuatro senos, el vientre hinchado, órganos genitales masculinos y pies palmados: tal vez sea una alusión a la androginia, en que hombre y mujer se revelan en un mismo cuerpo.
Bajo un prisma hermético, la obra de Max Ernst podría ser la representación de un proceso iniciático expresado a través de la yuxtaposición de determinados símbolos fácilmente comprensibles para quienes saben sopesar las manifestaciones inconscientes transformadas en la poética surrealista en representaciones esotéricas.
El lenguaje pictórico alcanza una dimensión todavía más articulada en el terreno simbólico con Salvador Dalí (1904-1989). Artista ecléctico dotado de una extraordinaria creatividad y de una técnica irreprochable, Dalí insertó en la mayoría de sus obras individuos y formas que se prestan a varias interpretaciones, a menudo contradictorias. Los temas del tiempo, la visión y el sueño son «materiales» muy presentes en el psicoanálisis que aparecen de manera casi obsesiva en la pintura de este gran surrealista. Así, algunos símbolos esotéricos por excelencia reaparecen constantemente en sus obras; por ejemplo, el huevo (Metamorfosis de Narciso, 1937; Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo, 1943) o las múltiples representaciones de animales híbridos procedentes de la mitología y elaborados a través de un lenguaje creativo que les confiere significados nuevos y misteriosos.