El poder mágico del Ekeko

atraer dinerocon el ekeko

Un equeco en la cocina o en algún otro rincón de la casa es señal de que sus dueños desean que en ese hogar jamás falte nada. Este pequeño talismán de la abundancia, que puede adquirirse en diversos comercios, es la reproducción de un muñeco mayor emplazado en un lugar céntrico de la ciudad de La Paz, Bolivia.

Al igual que sus múltiples copias de barro cocido, el original está cargado con artículos de primera necesidad y cuenta con una legión de devotos que lo visitan periódicamente, se encargan de aprovisionarlo y le prenden el cigarrillo que lleva en la boca los días martes y viernes.

Sus fieles seguidores están convencidos de que mientras al equeco no le falte nada, tampoco les faltará a ellos, por eso lo proveen de billetes de lotería, billetes de banco, maíz, arroz, harina, azúcar, lana, ropa, peces, corderos, casas y coches. Sus alforjas deben estar bien llenas, para que también puedan estarlo las de sus devotos.

En Guatemala, el equeco se transforma en sansimón, una imagen ambulante que los fieles pasean de pueblo en pueblo y que, al igual que versión boliviana, debe fumar para que los deseos de sus seguidores se cumplan y nunca les falte el sustento. La única diferencia es que el sansimón prefiere los puros.

Ambos talismanes tienen, también, otro poder: el de otorgar la fertilidad, dado que abundancia y poder de procreación son dos caras de una misma moneda.

A pesar de los fuertes matices regionales de estos muñecos tradicionales, el origen de los mismos se remonta a la antigua Grecia. En efecto, ambos son versiones autóctonas de la cornucopia o cuerno de la abundancia, es decir del cuerno de la cabra Amaltea que Zeus regaló a las Ninfas, luego de que el animal lo amamantara. En él -les aseguró el dios griego- encontrarían siempre lo que necesitaran.

Fue así que griegos y romanos acuñaron monedas con la forma del cuerno, en la seguridad de que de ese modo atraerían el bienestar y la abundancia. La posteridad tomó el mito, se apropió de él y le confirió diversas formas hasta tornarlo casi irreconocible.

El Ekeko