Música de los duendes

Además de un extraordinario oído musical, los intérpretes duendes fabrican sus propios instrumentos, por lo que no es raro que sus ejecuciones, cuando podemos escucharlas, resulten extrañas a nuestros oídos, pero invariablemente de una musicalidad y una melancolía capaces de sumirnos en una especie de encantamiento casi místico.
Sin embargo, en ocasiones esta ensoñación puede resultar peligrosa, ya que los duendes utilizan sus canciones -muchas de las cuales han dado origen a melodías y tonadas hoy populares en todo el mundo- para atraer a los humanos a su propio país.
Por otra parte, si bien los duendes son sus propios luthiers y crean instrumentos inimaginables, tampoco desdeñan algunos de los humanos -aunque los construyen a su manera. Entre éstos, sus preferidos son: el violín de ocho cuerdas, la flauta traversa, el timpal (una especie de pandero con sonajas), el corno francés, el birimbao (un instrumento que utiliza la cavidad bucal como caja de resonancia) y, especialmente en Irlanda, la krotta, un arpa manual con que acompañan sus canciones.
Al respecto, Jeremiah Curtain, en su libro Irish Fairy Tales, narra la historia de un célebre duende arpista de la región de Munster, al sudoeste de Irlanda, al que los lugareños habían apodado «Seamus Harp» (El arpa de Jack), quien convocaba todas las noches, durante largos años, verdaderas muchedumbres en un bosque de robles cercano al entonces pueblo de Shanlargh, a las que extasiaba con una música que los vecinos calificaban de «celestial». Sin embargo, y por mucho que algunos de ellos lo buscaron con verdadero afán, el duende jamás pudo ser visto por nadie.
Una antigua leyenda belga medieval relata que un joven de nombre Hermann van Wersalt, quien una noche recorría un camino rural entre los puebles de Nordrenge y Renilse, se sintió de pronto cautivado por una música mágica, pero al no poder localizar su procedencia, decidió recostarse debajo de un fresno para escuchar. A la mañana siguiente, al despertar, comprobó con sorpresa que el árbol, con sus hojas lo había protegido, del rocío nocturno, ahora se encontraba totalmente seco.
Intrigado regreso a su hogar encontrándolo deteriorado y con los muros cubiertos de hiedra.
Junto a la puerta de entrada pudo ver a un anciano tomando el sol sentado en un banquillo, quién pregunto a Hermann que deseaba. Este último sorprendido, respondió que sólo el día anterior había dejado a su padre y a su madre en esa misma casa para dirigirse a Nordrenge, y que no entendía cómo se había producido aquel cambio.
Entonces el anciano le preguntó su nombre y el muchacho respondió:
-Hermann van Wersalt, y el nombre de mi padre es Ludwig.
Al oír estas palabras, el rostro del anciano se puso mortalmente pálido y sólo pudo musitar:
-Cientos de veces he oído a mi bisabuelo, tu padre, la historia de tu desaparición.
Y al oír, a su vez, estas palabras, Hermann van Wersalt cayó al suelo como herido por un rayo y se convirtió en polvo sobre el umbral, sin que quedara de él ni la ropa que vestía.

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