Los pixies, pigsies o piskies

El nombre pixie, dado a uno de los personajes feéricos más populares y traviesos del oeste de Gran Bretaña, sufre una alteración en la fonética cornish (de Cornwall), convirtiéndose en pigsie o piskie, por más que sus integrantes presentan características y costumbres muy similares, aunque a los últimos se los describa algo más pequeños (entre 30 y 40 cm de estatura) y con una apariencia más enjuta, anciana y de tez más oscura.
Los primos ingleses, extendidos a lo largo de los condados de Gloucestershire, Wiltshire, Somerset y Devon, en cambio, son un poco más altos y poseen grandes orejas puntiagudas que sobresalen de altos gorros cónicos de color verde que cubren sus hirsutas pelambres pelirrojas, herencia, según las leyendas, de sus antecesores cornish.
No obstante, en la gran mayoría de las descripciones, los pixies van atildadamente vestidos con pantalones, chalecos y chaquetas invariablemente verdes, y les encanta que les regalen ropas, que de inmediato corren a lucir a la corte feérica.
Respecto de su carácter, son amables con los humanos, pero también suelen gastarles bromas pesadas, entre las cuales su preferida es guiarlos, por medio de la magia, hacia direcciones totalmente distintas de donde deseaban ir, hasta abandonarlos totalmente extraviados, luego de soltar una carcajada burlona.
Para lograrlo, el pixie se convierte en algún pequeño animal -generalmente un erizo o conejo- que el viajero persigue, o en lo que en Cornwall se conoce como “falsas matas”, es decir, matorrales o arbustos bajos que, al ser pisados por el viandante, le hacen perder por completo el sentido de la orientación, por más que conozca perfectamente los alrededores; sin embargo, si el caminante se da cuenta de ello, puede contrarrestar el hechizo dando vuelta su chaqueta lo de atrás para adelante.
A pesar de su natural afable, las represalias de los pixies pueden ser muy drásticas, especialmente si se ha cometido una injusticia, como lo relata una antigua leyenda recogida en la región de Mawgan, al sur de Cornwall.
El viejo granjero Hayle era un borrachín empedernido y de pésimo carácter, cuya principal diversión era apalear a su mujer y sus hijo, cuando regresaba del pueblo atiborrado de licor hasta los bolsillos. Hasta que, una noche en que volvía del mercado, borracho como de costumbre, sentado sobre las ancas de su pony y cantando canciones obscenas divisó la luz de una vela, brillando a un costado del camino. En su obnubilación etílica, pensó que se encontraba mucho más cerca de su casa, y exclamó en voz alta:
—¡Ahora sí que voy a sacudirle las costillas a esa bruja de mi mujer! ¡Encender así una luz, para que atraiga a todos los ladrones y salteadores de los alrededores!
Y diciendo esto taloneó al pony, que siguió adelante, aunque éste sí podía ver al pixie con la vela encendida, que se hallaba en medio de la ciénaga más negra, pestilente y profunda de la zona.
—¡Arre, caballo estúpido, vamos a casa! -siguió gritando Hayle, guiando al animal hacia la luz. Pero al llegar al borde mismo de la ciénaga, el pony clavó sus cuatro patas en el barro y ya ningún esfuerzo ni amenaza del granjero pudieron moverlo de allí.
Furioso, el anciano desmontó y comenzó a caminar tozudamente hacia la luz, pero apenas había dado un par de pasos, la ciénaga se lo tragó como si jamás hubiera existido. Siguiendo su instinto, el pony siguió su camino hacia la casa, y cuando llegó y la mujer y los hijos del granjero vieron que llegaba solo y con las patas manchadas del lodo de la ciénaga, comprendieron lo que había sucedido y, en vez de llorar la desaparición del malvado viejo, ¡encendieron todas las luces de la casa y se pusieron a bailar!

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