Los monachielli

Literalmente identificados como “pequeños frailes”, los monachielli visten túnicas pardas similares a las de los monjes jesuitas, y se divierten haciendo mil travesuras, como asustar a la gente, golpear las paredes, tocar los aldabones de las puertas, cortar las trenzas de las muchachas, romper platos y copas y, sobre todo, pellizcar el trasero de las criadas cuando se hallan distraídas. Existe una sola forma de mantener quieto a un monachiello (sing. de monachielli), y es entregarle un colador de malla fina, ya que, inmediatamente, se pondrá a contar los agujeros y permanecerá entretenido mucho tiempo, pues es sabido que los monachielli son muy torpes en matemáticas.
Estos duendes habitan fundamentalmente en la región de Calabria; a sus primos sicilianos se los conoce como mamuchi, aunque su apariencia es muy similar; ambos tienen una estatura de aproximadamente 20 a 30 cm, visten túnicas marrones con una enorme caperuza roja, y sus ojos refulgen como brasas candentes. Si bien su habitat es básicamente dentro de las casas, también suelen encontrarse en los campos, las cuevas y entre las raíces de los grandes olmos y chopos mediterráneos.
Sin embargo, a pesar de su aspecto festivo y su carácter travieso, los monachielli y los mamuchi son los celosos guardianes de todos los tesoros subterráneos del sur de Italia, y se dice que aquél que tenga la suerte de robar una de sus caperuzas rojas tendrá la oportunidad de apoderarse de parte de esas riquezas, porque el frailecillo no puede vivir sin ella, y pagará una gran suma por su devolución. No obstante, no se debe entregar la capucha robada antes de poner el tesoro en lugar seguro porque, una vez recuperada la prenda, el monachiello desaparecerá rápido como el viento, olvidando sus promesas.
En la región de Capanne, Calabria, se cuenta la historia de un grupo de trabajadores viales que se toparon con un monachiello que les arruinó un día de trabajo.
La cuadrilla había empezado a trabajar muy temprano por la mañana, por lo que, al promediar el día, el calor y el cansancio la obligaron a hacer un alto en el trabajo y refugiarse en una cueva con la intención de tomar un refrigerio y descabezar un sueñecito.
Claro que ninguno de ellos podía imaginarse que la cueva estaba habitada por un monachiello que, tan pronto comenzaron a dormitar, empezó a pellizcarlos, tirándoles del pelo y saltando sobre sus estómagos.
Inmediatamente, los hombres intentaron atraparlo, tanto para que los dejara en paz, como por la tentación del oro enterrado, pero el duende era demasiado rápido para ellos. Agotados por el trabajo del día, más las corridas tras el frailecillo, se acostaron otra vez, dejando a uno de guardia, pero esto tampoco surtió efecto, pues el duende regresó y comenzó a correr en círculos alrededor del vigía, hasta que éste, ya fuera de sus cabales, tomó un fusil que usaban como defensa contra los salteadores y disparó al monachiello en pleno pecho.
Sin embargo, la bala del fusil rebotó en las rocas detrás del duende, y casi mata al agresor; esta nueva demostración superó lo que los obreros podían soportar y todos dios salieron huyendo presas del pánico, seguidos por las carcajadas del monachiello que se burlaba de su miedo.

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