Los ksi-ti

La isla de Taiwan, especialmente en la región de Shu-Ling, es famosa porque la mayoría de sus casas tienen sus propios duendes domésticos, llamados ksi-ti, a los que los dueños de casa pueden oír, pero no ver, ya que son tan invisibles que ni siquiera sombra tienen.
Estos duendes, domésticos por excelencia, llevan a cabo todo tipo de trabajo hogareño, y sólo necesitan que uno les muestre una única vez la forma de hacerlo, para que ellos terminen el trabajo, incluso con mayor rapidez con que lo haría el propio amo.
Sienten pasión por limpiar y barrer -relataba un anciano de la isla de Fü-tsu-lu’ng, sobre el Mar de la China-, a tal punto que, cuando se llega a uno de estas casas y te sacas el calzado para entrar en ella, si no ves a tu alrededor ni la más mínima mota de polvo, es porque la casa está habitado por duendes.
Para atraer a los ksi-ti -continuó luego-, es preciso cavar un hoyo justo en el centro del cruce de caminos más cercano a la casa y enterrar en él dos especies diferentes de animales dañinos, por ejemplo, un escorpión y una araña venenosa; a los pocos días comenzarán a verse los resultados.
Sin embargo, se debe ser precavido cuando se toma una medida como ésta, pues después corremos el riesgo de no poder desprendernos de ellos. En algunas ocasiones consienten en que se los asocie con otra persona, para lo cual se debe preparar una bolsita con dinero, una con tierra seca y otra con cenizas de incienso, y arrojarlas en un camino transitado: los duendes se marcharán con el que tome las bolsitas.
En una ocasión -continuó el anciano luego de tomar un sorbo de té- un hombre pobre encontró tiradas unas de estas bolsitas, y de inmediato comprendió que se trataba de la dote de un ksi-ti pero, aunque necesitaba desesperadamente el dinero, no quería quedarse con el duende, por lo que tomó la bolsita con las monedas y corrió hacia el río, ya que es sabido que los espíritus no pueden cruzar el agua.
Sin embargo, cuando llegó a la orilla, el duende ya se había subido a su sombrero. Entonces el aldeano arrojó el sombrero al agua y ambos, sombrero y ocupante, se fueron flotando río abajo, y el hombre regresó a su casa con la bolsa de monedas.
Pero no todo iba a resultar tan fácil; al llegar al primer recodo del río, la improvisada barca quedó enganchada en un arbusto que, inmediatamente, se secó. Mientras tanto, el dinero recogido por el labrador hizo que éste fuera prosperando, hasta convertirse en un rico terrateniente.
Una vez, paseando con su hijo por la costa del río, acertaron a pasar cerca del arbusto marchito, frente al cual el muchacho preguntó:
—Padre, ¿por qué se ha secado este árbol, si los de alrededor se encuentran perfectamente bien?
Y entonces el padre, intuyendo lo que había pasado, le contó a su hijo toda la historia del ksi-ti y del origen de su riqueza, con tan mala suerte que el duende, que aún se encontraba en el árbol, comprendió que aquel hombre era su antiguo enemigo y, saliendo de su refugio, se apoderó de su alma y la devoró.
Y así fue que aquel hombre rico comenzó a debilitarse día a día y a enflaquecer a ojos vistas, sin que su cuantiosa fortuna le permitiera encontrar un médico que lo curara. Finalmente murió a las pocas semanas, hecho que indica lo peligroso que puede ser desafiar la ira de un ksi-ti.

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