Los kallicantzaroi

Estos pequeños duendecillos griegos salen de sus cuevas, principalmente en los alrededores del monte Parnaso, entre las fiestas de Nochebuena y Reyes, formando una larga procesión que cabalga sobre animales contrahechos, como perros de seis patas, gallinas ciegas y burros del tamaño de gatos domésticos. Los kallicantzaroi tienen una estatura aproximada a la de un niño de seis o siete años, y su única vestimenta es un gorro rojo que cubre unas hirsutas y escasas guedejas de pelo duro como alambre.
Cerrando la comitiva, invariablemente a pie, cojea un personaje horroroso de ver, llamado Koutsodaimonas, cuyo defecto le ha valido ese nombre, que significa “Demonio Rengo” Tan pequeño como sus acompañantes, posee una cabeza enorme, una lengua violácea que cuelga siempre fuera de su boca y una joroba insólitamente implantada sobre el pecho.
Por lo general, los kallicantzoroi se retiran puntualmente a sus cuevas con el canto del primer gallo del 6 de enero, pero en una de esas aciagas fechas, Koutsodaimonas se demoró un poco más, para infiltrarse en el castillo y cegar a la princesa con una pócima que arrojó sobre sus ojos.
-¡Esta vez sí que tendrán que felicitarme por lo que hice! -exclamó a voz en cuello en cuanto puso sus pies en la cueva-. He cegado a la princesa Helena y ya no volverá a ver nunca más, porque el único antídoto contra esa pócima son el hollín y las telarañas del interior de nuestra chimenea. Pero nadie lo sabrá jamás, y entonces nunca podrán curarla -terminó con una risotada.
Lo que Koutsodaimonas no podía imaginar era que sus palabras habían sido escuchadas por un humilde pastor de ovejas que había entrado en la cueva para refugiarse de una tormenta, y que se había escondido al oír el regreso de la hueste. Asustado hasta la muerte, el pobre pastor esperó hasta que los kallicantzaroi volvieron a salir por la noche, recogió un puñado de hollín y otro de telarañas y corrió hasta el castillo donde, después de algunos cabildeos de los médicos reales, se le permitió aplicar el antídoto, que en pocos días curó totalmente a la princesa. En agradecimiento a su abnegación y a los riesgos que había corrido, el rey lo premió con la mano de su hija y, al debido tiempo, el joven pastor ocupó su lugar en el trono real.

Volver a Duendes

Artículos relacionados

 


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *