Los domoviye

El domovoy (pl.: domoviye) es, con mucho, el duende más popular de los duendes domésticos eslavos, especialmente en la zona de Eslovenia, Polonia y toda la Rusia Europea, llegando hasta el este de Alemania y Checoslovaquia. Su nombre proviene de la palabra rusa dom, que significa «hogar», pero también significa «chimenea», sitio donde el domovoy suele instalar su alojamiento en la casa.
Por lo general prefieren permanecer invisibles pero, según aquéllos que han podido verlos, andan completamente desnudos y están cubiertos de pies a cabeza por un hirsuto pelo negro y ensortijado, incluidos el rostro, las palmas de las manos y las plantas de los pies. Sus ojos son rojos y brillantes, y su estatura no sobrepasa la de un niño de cinco o seis años.
A semejanza de la glaistig celta, días antes de que muera alguien de la familia que cuidan, los domoviye lloran desconsoladamente, en señal de duelo anticipado.
En una colina de la región meridional de Eslovaquia existía, hace ya muchos años, una casa que los vecinos consideraban encantada, porque varios niños que la habían habitado habían muerto repentina y misteriosamente. Pasaron así muchos años hasta que finalmente, un pobre aldeano empujado por su miseria, decidió probar suerte instalándose en ella. Reunió sus escasos enseres, se dirigió a la colina con su familia y cuando llegó frente a la puerta, la abrió y exclamó:
—¡Buenos días tengan todos los que habitan esta casa!
El domovoy, conmovido por el amable saludo del labrador, contestó:
—Adelante. Si quieres vivir en mi casa, te doy la bienvenida a ti y a tu familia, pero con dos condiciones fundamentales: tu mujer deberá limpiar y desengrasar el hogar dos veces a la semana, y los niños no deberán acercarse a él bajo ningún concepto.
Contento con su buena fortuna, el labriego agradeció al duende y la familia se instaló en la casa, cumpliendo escrupulosamente con las reglas establecidas por el domovoy pero, a pesar de que ahora contaban con un techo firme sobre sus cabezas, seguían siendo tan pobres como antes, y no eran pocas las ocasiones en que la comida para los niños escaseaba y, a veces, ni siquiera existía.
Pero una noche en que el esposo se lamentaba a solas de la escasez de alimentos para sus hijos, escuchó un extraño sonido a sus espaldas, y al volverse vio por primera vez al domovoy, que aparecía desde detrás del hogar, con una gran olla de hierro en su mano derecha, llena de monedas de oro.
—Has cuidado de la casa como si realmentejuera tuya, -exclamó el duende- por lo cual quiero que aceptes este regalo para ti y tu familia. De ahora en adelante, tus hijos ya no pasarán más hambre, como no debería pasarla ningún niño en el mundo.

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