Las Tres Gracias

duendesEn realidad, se trata de tres hadas griegas, a las que los poetas y escultores han querido asimilar a mujeres humanas. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Los antiguos mitólogos las elevaron a la categoría de semidiosas, y las representaron como tres figuras: Ciotho, Lachesis y Átropos, de las cuales una hilaba el hilo de la vida, la segunda lo ataba y la tercera lo cortaba.
No obstante, estas tres hadas forman parte del folklore de numerosos países, con uno u otro nombre, con una u otra ocupación, aunque en todos ellos su principal finalidad es la de adivinar y vaticinar el futuro de los recién nacidos, aunque, y éste es un rasgo ciertamente muy humano, se dedican casi con exclusividad al vaticinio de los reyes, emperadores y grandes señores. Y no lo hacen por el interés, sino por vanidad.
En algunos países se trata de tres hadas esbeltas, jóvenes, hermosas, con su varita mágica… En otros, son tres brujas encorvadas, arrugadas, viejas de milenios, y en vez de varita llevan sendos y nudosos bastones.
En casi todos los países se cree que esas tres hadas se aparecen solamente en tres momentos de la vida humana: en el nacimiento, en la boda y en la muerte.
Su primera aparición tiene lugar la tercera noche después del nacimiento de un ser, y es entonces cuando predice su porvenir, le aconseja en susurros inclinándose sobre el bebé, y a veces le favorece con una marca de nacimiento.
Por eso, cuando en un hogar se anuncia un nacimiento es preciso tenerlo muy limpio y en buen orden, y dejar sobre una mesita un tarro con miel, un buen pedazo de pan y unas almendras ya peladas.
Hay que dejar la puerta o una ventana abiertas, una vela encendida, pues estas hadas todavía odian la luz eléctrica, y estar todos los circunstantes en un profundo silenció, pese al cual nadie oirá el vaticinio, a no ser en casos muy especiales.
Luego, estas hadas aparecen por última vez en trance de muerte, con el objeto de guiar el alma del moribundo por los senderos del Más Allá.

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