Las Tres Gracias (1)

A las bodas asisten las tres, si se las invita especialmente. Y es aconsejable no olvidarse de hacerlo, para no caer en desgracia con ellas, puesto que tienen el poder de acortar o alargar la vida de los mortales a voluntad.
Los romanos llamaban a estas tres hadas, Parcas, y en Italia son las tres hadas que llegan por la Epifanía, con regalos o castigos para los niños que no han sido buenos. Se llaman Befana, Maratega y Rododesa, respectivamente.
La Befana es la más popular, y se aparece como una vieja, que desciende por la chimenea, dejando juguetes para los niños buenos y carbón para los malos y perezosos.
La Maratega es una anciana de aspecto muy delicado, que puede aumentar de estatura hasta un tamaño asombroso.
La Rododesa puede transformar sus manos y sus dedos en caramelos y otras golosinas, que reparte entre los niños buenos.
Durante el resto del año, las tres hadas viven en oscuras cavernas de Grecia o en la isla de Rhodas, así como en Bulgaria y Albania.
Para el nacimiento de un monarca muy poderoso, fueron convocadas las Tres Parcas, a fin de que vaticinasen el futuro del recién nacido. La primera predijo que el niño reinaría sobre inmensos territorios, puesto que ensancharía las fronteras de su reino hasta límites insospechados.
La segunda auguró que sus riquezas serían tan cuantiosas que para contarlas se necesitarían todos los días de la eternidad.
La tercera, por su parte, se negaba a hablar, hasta que el rey, padre del recién nacido, la obligó a ello, y aún para conseguirlo tuvo que tenerla encerrada en un calabozo cuya puerta tenía tres grandes cerrojos. Finalmente, pronunció su vaticinio. Dijo que el nuevo monarca gozaría de una vida muy breve, debido precisamente a sus grandes riquezas y a sus conquistas de nuevos territorios.
Nadie quiso hacerle caso, y las Tres Hadas se retiraron muy disgustadas por aquella actitud.
Efectivamente, al llegar a la mayoría de edad, que a la sazón era la de los catorce años, el nuevo rey empezó a conducir sus ejércitos a numerosas batallas que le proporcionaron nuevas regiones y comarcas para añadir a sus ya extensos territorios, y con esto fue aumentando sus caudales hasta cantidades ciertamente astronómicas.
Pero sus triunfos encendieron pronto la envidia en el corazón de algunos de sus mariscales, y todos se confabularon para asesinar al joven rey, y ocupar su trono uno de los conjurados, cosa que acordaron hacer por sorteo.
Una noche, los conspiradores, armados con dagas y puñales muy afilados, penetraron en la cámara del rey, después de asesinar a sus guardias, y clavaron sus armas en el cuerpo del mísero monarca.
Al saberlo, el pueblo se negó a acatar la decisión de los mariscales y se rebeló contra ellos, revolución que puso término al bienestar del reino, que a partir de aquel momento fue declinando hasta su desaparición, al ser absorbido por los reinos adyacentes.
¡El vaticinio de la tercera hada se había cumplido con creces!

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