La venganza del tengú

Hace ya mucho tiempo, tanto que nadie vivo podría recordar exactamente cuándo ni dónde sucedió esta historia, existía por los alrededores de Hitoyoshi, en la isla de Kioshu, en Japón, una pequeña aldea que, como todo pueblo que se precie, tenía su propio retrasado mental, al que los vecinos llamaban simplemente Otoko que, como todo el mundo sabe, no quiere decir otra cosa que “tonto”.
Sin embargo, lo que le faltaba a Otoko de inteligencia hasta para las cosas más elementales lo tenía de taimado y amigo de hacer maldades, hasta el punto de no dejar títere con cabeza entre los habitantes de la aldea. Y así pasaban los días, con Otoko cada vez más atrevido y molesto, hasta que en una ocasión en que se hallaba pensando qué maldad podía hacer con una caña hueca que había encontrado, se topó de repente con un tengú que se encontraba descansando a la sombra de un tamarindo.
Según la tradición, los tengú son duendes alados con forma de dragón, pero por lo general se muestran a los hombres en su forma humana, en la cual son iguales a ellos y visten ropas similares aunque, en ese estado, pueden reconocerse fácilmente por sus orejas puntiagudas y su larga y afilada nariz roja. A su vez, también tienen algunos poderes mágicos, entre los que se cuenta un sombrero de paja de arroz que los hace completamente invisibles cuando se lo ponen.
-¿Qué tienes allí, muchacho? -preguntó el duende, aludiendo a la caña que llevaba en la mano.
—¡Oh! -respondió Otoko-. No es más que una caña mágica que permite ver, por ejemplo, los valles y las montañas de la Luna, y otras cosas que se encuentran a millones y millones de ri de este lugar.
—¿Y podrías prestármela por un rato?
—Prestártela, no -respondió el malicioso Otoko-, pero podría cambiártela por algo que me interesara.
—Te daré mis zapatos a cambio -ofreció el duende.
—No me interesan, porque jamás uso calzado -contestó rápidamente el necio.
-Entonces te daré mi kimono, que es del más fino lino de Japón -propuso el tengú, a lo que Otoko contraofertó:
-Te daré mi caña mágica si me das tu sombrero de paja de arroz.
La curiosidad del duende pudo más que la prudencia y aceptó el trato, tras de lo cual Otoko puso pies en polvorosa, mientras el tengú comprobaba que había sido vilmente engañado, y que lo único que podía verse a través de la caña eran unas pocas hojas de los arbustos al otro lado del camino.
Encantado con su sombrero de invisibilidad, Otoko comenzó de inmediato a proyectar las trapisondas que podría cometer con él, para lo cual se lo encasquetó fuertemente y se dirigió a la aldea, donde la calle principal se encontraba en plena ebullición, ya que aquel día era día de mercado.
Durante todo el día se prolongaron las travesuras del retrasado: hizo zancadillas a los hombres para que cayeran en el barro, levantó las faldas de las mujeres, pisoteó los juguetes de los más pequeños y desordenó las mesas de frutas, especias y pecados de los marchantes, para completar su día tirando de la oreja del presumido criado de una familia rica hasta hacerlo caer sentado en una charca, entre las risas de todos los presentes, que odiaban sus jactancias.
Sin embargo, Otoko había subestimado el orgullo del tengú y el disgusto por haber sido estafado; provisto de un nuevo sombrero de la invisibilidad, el duende burlado llegó hasta la choza donde vivía Otoko y cambió su propio sombrero por uno común.
Entusiasmado aún por sus correrías del día anterior, el joven comenzó su día desvistiéndose completamente -el sombrero invisibilizador no surtía efecto sobre la ropa- y se encasquetó la nueva prenda, mientras el tengú lo contemplaba desde la puerta, riéndose de él. Y así salió Otoko a la calle, desnudo como había venido al mundo, y lo primero que intentó hacer fue quemar unos fardos de heno que un campesino llevaba en su carro, pero el hombre, que lo veía perfectamente, le asestó un violento latigazo que dejó su espalda cruzada por una línea violácea.
Pensando que el problema estaba en que no se había colocado bien el sombrero, el necio retocó su posición; ya en pleno mercado, intentó repetir algunas de las barrabasadas del día anterior, pero esta vez los resultados fueron desastrosos para él. La gente, que esta vez podía ver todos sus movimientos, comprendió que había sido él, y no otro, el que los había molestado todo el día anterior y comenzaron a perseguirlo, arrojándole todo tipo de proyectiles y apaleándolo, por lo que tuvo que huir a todo lo que le daban las piernas y arrojarse al río que cruzaba la aldea, con tan mala suerte, que su cabeza golpeó pesadamente contra uno de los pilares del puente, y el infeliz Otoko ya nunca volvió a ser visto en la superficie.
Mientras tanto el tengú, protegido por su sombrero de la invisibilidad, recobraba su forma de dragón y se lanzaba volando hacia la gruta que habitaba, riendo a carcajadas y llevando entre sus garras la “caña mágica” con que el desdichado Otoko había intentado estafarlo.

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