La mujer que convivió con un inguerssuak

El término esquimal ingnerssuak (pl: ingnersuit) define, en la zona costera del Ártico americano y a ambos lados del Estrecho de Davis y la Bahía de Baffin, a una especie de duendes que habitan en profundas cuevas costeras, de las cuales salen a navegar en sus kayaks o, cuando suben a tierra, a través de unos montículos considerados mágicos y conocidos como “montículos de gaviota”
Físicamente son muy similares al pueblo esquimal y visten ropas parecidas, con la sola diferencia de que poseen ciertos atributos mágicos, como lo demuestra el siguiente relato.
Cierta vez en que dos hombres habían salido a cazar con una mujer, y la regañaron por el camino, ésta decidió abandonarlos y se fue rezagando con la excusa de recoger liquen para el fuego de la noche, hasta que, decididamente, dio media vuelta y marchó en dirección contraria. Los hombres la esperaron un rato, pero como no regresaba, decidieron seguir sin ella, y pronto la perdieron de vista.
Desafortunadamente, en ese momento se desencadenó un terrible blizzard, o “viento blanco”, que hizo que la mujer se extraviara por completo y sólo atinara a refugiarse detrás de un “montículo de gaviotas”, del cual, poco después de que amainó la ventisca surgió un hombre de mediana edad que parecía en la plenitud de sus fuerzas físicas, quien la invitó a entrar en su morada.
Aterida aún por la tormenta, y tentada por la apariencia viril del desconocido, Nagguanguak, que ése era el nombre de la mujer, lo siguió al interior del montículo y se entregó al ingnerssuak, ya que pronto había comprendido que se trataba de uno de estos seres.
A su debido tiempo, ella tuvo un hijo varón, a quien llamaron Sikutluk; el muchacho creció en forma normal hasta llegar a su octavo cumpleaños, en que su madre, luego de haber estado apartada tanto tiempo de su gente, manifestó al ingnerssuak sus deseos de llevar al poblado a su hijo para que sus parientes lo conocieran.
—Está bien -exclamó el duende-, ve, pero recuerda que su primera captura como cazador me pertenece.
Nagguanguak partió sin más demora, regresó con su gente y volvió a vivir con ellos. Mientras tanto, el niño crecía y, a medida que pasaban los años, miraba cada vez con más ansias los preparativos de los cazadores para salir de cacería, ante lo cual la madre lo autorizó a que construyera sus propias armas y su kayak y, cuando estuvieron listas, le permitió que saliera en su primera expedición.
Al regreso, tres días después, el jefe de los cazadores exclamó orgulloso: “¡Sikutluk ha obtenido su primera presa!”, tras lo cual madre e hijo, ayudados por algunos de los hombres, comenzaron a arrastrar la foca hasta su igloo. Al principio todo fue normal, pero a medida que se acercaban al túnel de acceso, el cuerpo del animal comenzó a hacerse más y más pesado, hasta que ya no pudieron arrastrarlo; un instante después, la foca había desaparecido.
Inmediatamente, la madre recordó la promesa hecha al ingnerssuak, y supo que había sido él quien se había llevado el cadáver, tal como lo había dicho. Sin embargo, nada sucedió con la segunda, la tercera ni la cuarta presa, pero a la quinta vez que el muchacho salió de caza, la madre, inquieta por una extraña premonición, se sentó en uno de los riscos que dominaban el océano y, mientras remendaba y zurcía las ropas de su hijo, vio llegar, uno a uno, a todos sus compañeros, pero a él no. Cayó la noche sin que Sikutluk regresara, y ninguno de los cazadores sabía nada de su paradero.
Sin saber qué hacer, la madre trepó a lo más alto del acantilado y, desesperada, gritó el nombre de su hijo con todas sus fuerzas; como si aquel alarido desgarrador fuera una señal, las ropas que había estado cosiendo salieron disparadas en dirección a la costa, con Nagguanguak corriendo detrás sin perderlas de vista. Pero al llegar a la playa cubierta de hielo, éste pareció levantarse y formar una ominosa grieta, por la cual comenzaron a desaparecer las prendas, pero la mujer, que las seguía de cerca, alcanzó también a deslizarse por la abertura.
De repente, sin saber cómo, se encontró en el interior del igloo subterráneo que había compartido con el ingnerssuak, donde pudo ver a su hijo atado de pies y manos. Se encontraba abocada a la tarea de desatarlo, cuando apareció el duende y le dijo:
—Mujer, has tenido sin duda mucho coraje para llegar hasta aquí sabiendo lo que podía pasarte. Sin duda debes de querer mucho a tu hijo para hacer lo que has hecho, y eso salvará tu vida y la de él. Ahora márchense con mi bendición, y no dejes que Sikutluk olvide quién es su padre. De ahora en adelante no le faltarán focas para cazar y ninguno de los dos pasará necesidades nunca más.
Y tan pronto como hubo terminado de hablar, madre e hijo se encontraron en el interior de su propio igloo y, de allí en más, todas las promesas del ingnerssuak se cumplieron al pie de la letra y más, ya que con frecuencia encontraban frente al túnel de entrada un trozo de foca especialmente delicado, un diente de anghiak (narval) para canjear en el pueblo de los kavdlunak (hombres blancos) por mercaderías o, en la temporada del karibú, el ciervo ártico, los cuartos traseros y el hígado de algún macho joven que, como se sabe, son piezas sumamente apreciadas por el pueblo esquimal.

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