La gente de los túmulos

La Gente de los Túmulos (o Tumularios) vive en el norte de Europa, particularmente en Dinamarca y Noruega, y en tiempos muy antiguos fueron tan numerosos que llegaron a impedir la entrada de los primeros cristianos en las regiones escandinavas.
Antaño se creía que la gente de los túmulos era contrahecha, jorobada, con rostros brujeriles, espantosos. La realidad es otra. Los hombres de los túmulos son unos elfos esbeltos y de alta estatura, muy hábiles en las artes y otras ciencias, poseedores de gran sabiduría. Son los grandes maestros herreros y orfebres de las antiguas runas.
Habitan en los túmulos de estos países, y allí dentro bailan y cantan, trabajan y se divierten.
Son muy pocos los que han logrado obtener un atisbo de cómo vive este pueblo, pero gracias a algunos retazos de lo contado por quienes han tenido esa suerte, se sabe que la gente de los túmulos inicia sus labores al amanecer, fabricando espadas, utensilios de cocina, pulseras, cuchillos y cotas de malla.
Las mujeres, por su parte, cosen, remiendan, tejen y cuecen el pan.
Sin embargo, la ocupación predilecta de todo el pueblo de los túmulos es el baile, acompañado de cánticos casi siempre alegres, a veces teñidos de la melancolía que imprime a la música las brumas de aquellos países nórdicos. Su instrumento favorito es el rabel, muy parecido al laúd. Se asegura que conocen la melodía encantadora del Flautista de Hamelin, por lo que todos al oírla tienen que ponerse irremediablemente a bailar. Solamente pueden parar cuando los músicos tocan toda la melodía al revés. Sus danzas y sus cantos han de cesar a la salida del sol, ya que la luz del astro diurno los convertiría a todos en piedras o espantapájaros.
Los hombres de los túmulos visten ropas de colores chillones, rojas, azules o grises, y su tez es de tono pálido, algo azulado. Los hombres de los túmulos adquieren distintos nombres según la región que habitan, y así los llaman Thusser en Noruega, Hulde en las islas Feroe y Maanvaki en Finlandia.
Si los hombres de los túmulos son fuertes y vigorosos, sus mujeres no les van a la zaga.
Cierto día, un campesino se enamoró perdidamente de una thusser muy hermosa que, para su desdicha, ya estaba casada con un elfo tumulario. Pero el campesino, decidido a hacer suya a aquella huidre, decidió raptarla y llevársela a su granja donde, indudablemente, bien con halagos, bien con amenazas, podría hacerla suya.
Tras vigilar atentamente los movimientos de la bella huidre, a la que sólo entreveía en momentos muy fugaces, consiguió rodearla con sus membrudos brazos a fin de arrastrarla consigo. Pero no había contado con la fuerza de la mujer, de modo que sin apenas darse cuenta, fue él quien se vio arrastrado por ella hasta el túmulo donde moraba su esposo, a cuyos pies dejó a su víctima.
El thusser contempló al desdichado granjero y en vez de mostrarse enojado se echó a reír.
—¡Desdichado! —exclamó, riendo a carcajadas—. ¿Creíste poder llevarte a mi mujer? Bien, hoy mismo sabrá todo el mundo cuál ha sido el final de tu triste hazaña. ¡Has sido vencido por una mujer… por una mujer que ni siquiera pertenece a tu mundo!
El pobre campesino no tuvo más remedio que abandonar su granja y sus bienes, y huir a tierras lejanas, para no tener que soportar las burlas y cuchufletas de los demás habitantes de la región.

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