Introducción a los Duendes (1)

Su existencia es, según las leyendas, más dilatada que la de los humanos, y procuran reproducir su raza, ya robando niños, ya muchachas jóvenes para unirse con ellas, o bien haciendo que las mujeres que crían amamanten a sus hijos, suplantando en tal caso al niño con un duendecillo.
No siempre los duendes se entretienen en jugar malas pasadas y causar daños graves a las gentes; hay otros cuyas jugarretas no tienen graves consecuencias, limitándose a dar formas risibles o ridiculas, pero transitorias, a aquel que los trata mal; a cambiar de sitio los muebles, o a echarlos fuera de casa, como hace el poltergeist alemán, que además enciende el fuego, echa llamas por el aire o toca en la cara del burlado con su mano fría como el hielo. Leyendas semejantes se encuentran en el mediodía de Francia y en Cataluña, atribuidas a los follets. Para preservarse de los duendes maléficos o burlones se recomiendan varios artificios, en los que figuran, entre otras cosas, el hierro, la escoba y el agua corriente. Los duendes, en cambio, asisten en ocasiones a los mortales en sus quehaceres o apuros, y son muy generosos, contentándose con poco, como el duende doméstico, que se satisface con una escudilla de leche. Este duende, mencionado ya en el siglo XIII por Gervasio de Tilbury, habita en la casa o el establo y es enemigo de la pereza, trabajando a favor del amo de la casa que habita, sin recibir más recompensa que una capa o un sombrero nuevo, a lo sumo, al cabo del año.

Este mito se supone relacionado con los enterramientos domésticos, tal como los practicaban los primitivos pueblos micénicos y semitas, además de los indios. El duende doméstico toma, en ciertas leyendas, la forma de un animalito, como, por ejemplo, una serpiente (genius loci, de los romanos). Los chuds del norte tienen también sus espíritus domésticos y lo propio ocurre con los lituanos, que los llaman kaukasy los suecos tomse o nisasart. Por esto quizá la superstición de los duendes tiene íntimas analogías con el culto a los muertos, las leyendas de las hadas y las brujas y la meteorología mitológica.
La creencia en tales seres parece ser principalmente céltica y teutónica, pero existe igualmente en pueblos eslavos y latinos y en los países más remotos. La pequeña estatura que en general se les atribuye se relaciona con su semejanza con las almas de los muertos, representadas en la antigua cerámica griega como diminutos hombrecillos, lo mismo que en los bajorrelieves egipcios y en el Mahabharata de la India. En Sumatra, los battaks creen en enanos de las montañas que se llevan hombres y mujeres; en Formosa se relatan maravillosas leyendas de hombrecillos de las selvas que causan la muerte o graves enfermedades, y lo mismo ocurre en Thailandia con los phi. En África, los bagandas creen en duendes, a los que llaman ugagw, y los bantús en los asikis, duendes que aparecen de noche conduciendo una vaca que confiere eterna riqueza al que puede apoderarse del codiciable animal. Los malagasi creen, a su vez, en enanos llamados kately, duendes domésticos de vocecilla débil como la de un pájaro, que ayudan en las faenas caseras, y análogas creencias se encuentran entre los pieles rojas, donde los chochones suponen que hay duendes que roban niños; los ojibwas, que les arrojan piedras; los nircmacs que les atan cuando duermen, y los muesquakie, que les inspiran riñas y melancolía.
También los esquimales creen en el ingnersiut y en la Polinesia en los ponatui y los vius, sencillos duendes a los que se engaña fácilmente.

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