El monstruo de la poza de Sila

En el límite sur de los EE.UU., casi en la frontera con México, existe una región extremadamente árida denominada Desierto de Gila, en cuyos manantiales, según las leyendas apaches, moran los Monstruos del Agua que, como veremos en este relato, no siempre son tan «monstruos» como las creencias populares los pintan.
Upan ak’Honek era una joven doncella chiricahua de dieciséis años de edad y singular hermosura, que un día se dirigió a un manantial cercano a los teepee (tiendas) de su tribu, a llenar un cántaro de agua. Una vez lleno, lo tapó con algunas hojas y emprendió el regreso a la tribu, donde jamás llegó. Pasado un tiempo prudencial, su padre, t’chanek (cacique) de la tribu, comenzó a preocuparse y reunió a un grupo de bravos para iniciar la búsqueda, pero lo único que pudieron encontrar fue el cántaro flotando en la poza y las huellas de sus rodillas donde se había hincado en la orilla.
Al comenzar a caer la noche, el padre y el resto del pueblo se retiraron a sus tiendas para preparar las danzas y las honras fúnebres, y la única que se quedó junto a la vertiente fue su abuela, que permaneció allí una luna completa, con sus días y sus noches, llorando a su perdida nieta.
Pero, finalmente, su paciencia y perseverando tuvieron sus frutos, yo que, durante la primero noche de lo luna nuevo, oigo que no pudo precisar se acercó ello desde las aguas y le dijo:
—La niña por la que lloras está perfectamente bien, sólo que ahora vive en una caverna con su nuevo esposo, en lo más profundo de la fuente. Vuelve y dalé a su gente la buena nueva, y que los bravos cambien sus canciones y danzas de luto por las de unas de esponsales como las que corresponden a la hija de un t’chanek.
Colmada de dicha, la anciana regresó a los teepee con el mensaje, y de inmediato se organizó una fastuosa ceremonia, paro dirigir la cual fue convocado un célebre wakasi wakan (shomán) de una tribu vecina, que dictaminó:
—Bailaremos y cantaremos durante dos lunas completas, y al cabo de ese tiempo, algo nos dirá qué debemos hacer.
De inmediato dio comienzo la celebración y, en el instante mismo de ponerse la segunda luna, el extraño mensajero que había hablada a la anciana en la poza se dirigió a los danzantes con una poderosa voz que pareció salir de cada piedra y de cada arbusto del desierto:
-Id a la poza y esperad allí. Cuando el sol se encuentre justo sobre vuestras cabezas, algo surgirá del agua.
Lipón ak’Honek era demasiado querido por sus hermanos como paro que toda lo tribu no se precipitara inmediatamente a la orilla de la fuente, en espera del prodigio que el poder había pronosticado. Y así, hacia la mitad del día, un joven alto y esbelto, de largos cabellos negros surgió de las aguas; sus ojos brillaban como las estrellas en uno noche sin luna, y la muchacha se encontraba a su loda, tomado dulcemente de su brazo.
—Padre -manifestó Upan, dirigiéndose al t’chanek-, me encuentro bien, y ahora vivo en una tierra mejor con este hombre, que es mi esposo por mi propia y exclusiva voluntad. Como comprenderás, ya no puedo volver con ustedes, pero les pido que permanezcan en estas montañas lo que les quede de vida. Mi hombre y yo los ayudaremos, les proporcionaremos larga vida y sus descendientes crecerán fuertes y serán felices. Nuestra gente los ayudará a salir adelante y nosotros cuidaremos que nadie los dañe jamás.
Al despedirse de su hija, y a pesar de que sabia que yo no volvería o verla jamás, el t’chanek decidió permanecer en las cercanías de la poza, pero la proximidad del ejército mexicano fue ahuyentando poco a poco a los bravos con sus familias, hasta que, ol quedarse solo, él también decidió marchar hacia el oeste, pero fue muerto por los tropas invasoras. Quizás si hubiese hecho caso del consejo de su hija, los Monstruos de los Aguas hubieron podido defenderlo de sus enemigos.

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