El caá porá

Criatura fantástica y ambigua oriunda de las selvas de la región del Guaira, que abarca el noreste de Argentina, sur del Brasil y el Chaco Paraguayo. Su nombre en guaraní se traduce como “fantasma del monte” (de cao, “hierba”, “bosque”, y pora “fantasma”). En su versión argentino-paraguaya se lo describe como a un gigante velludo y espantoso que porta siempre una tibia humana, a través de la cual devora a los viajeros desprevenidos, absorbiéndolos. No obstante, se han mencionado casos en que no sólo ha dejado marchar a su víctima, sino que le ha regalado piezas de caza o piedras preciosas como esmeraldas o turmalinas extraídas de las riberas de los nos junto a los cuales suele vivir.
En la región brasilera de Río Grande do Sul, en cambio, es un hombre alto y fornido, pero de apariencia agradable, guardián y protector de los animales de la selva. Si un cazador lo invoca cortésmente, solicitándole su permiso para cazar una presa para alimentarse, puede ayudarlo a conseguirla o incluso proporcionársela él mismo, pero si se pretende cazar a sus espaldas, atacará a garrotazos al cazador y a sus perros, permitiendo que el animal se ponga a salvo. Un anciano mariscador correntino solía narrar lo siguiente:
Estaba tranquilo, nomás, echao en la costa, tratando de sacar alguna anguila para un guisito, cuando aí nomás, de atras de un ñandubay, se me aparece el caá-porá. Le digo: “Paisano, yo no soy hombre de tenerle miedo a nada”, pero ese día parecía que el corazón se me iba a salir por la boca. Era como dos hombres juntos, peludo como un mono, y montaba un carpincho más grande que el caballo que haya visto en mi vida. Se me quedó mirando fijo un rato largo, sin que yo me pudiera mover del susto, hasta que al fin me preguntó:
-¿Y qué anda haciendo por estos pagos, mi amigo?
-Y, ai lo ve, tratando de sacar alguna anguilita para la cena. Eso si usted me lo permite, claro -dije como pude.
-Está bien -dijo con una voz que se oía a cinco leguas alrededor-. Pero no más de una o dos, porque si no, vuelvo y me lo como.
Y diciendo esto desapareció en el monte. ¡Demás está decir que eché la canoa al agua, y el estofado de anguila quedó para otro día!

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