Un ungüento que producía resultados maravillosos

Algunos autores afirman que todo eso de los viajes en escoba no pasa de ser fantasías imaginadas por las brujas para llamar la atención y que, en realidad, iban caminando como Dios manda hasta el lugar reunión, donde comían y bebían como desaforadas. Y que bajo el influjo de los gratos manjares y del abundante vino perdían hombre y mujeres todo temor al orden establecido por los ricos, se creían liberados de cualquier prejuicio moral y se dedicaban a los placeres siempre gratos del amor físico. Otros eruditos piensan, en cambio, que jamás existieron viajes ni aquelarres. Lo único que sucedió fue que las jóvenes pasaban por su cuerpo un ungüento mágico que producían en ellas notables cambios. Era un ungüento cuya composición se pasaban unas a otras.

Quien inventó el ungüento no lo sabe nadie, pero es más que probable que su fórmula haya venido pasando de generación en generación desde la antigüedad, cuando pueblos europeos como el griego, el romano, el celta y otros practicaban ceremonias sagradas en las que intervenían las drogas de manera importante. También es posible que la sabiduría popular, nunca desdeñable, descubriera por accidente el poder de ciertas plantas.
Los tales ungüentos actuaban sobre el organismo entero al ser aplicados sobre la piel. Pasaban a través de los poros a la corriente sanguínea y producían sin mucho tardar alucinaciones de carácter muy especial: quien utilizaba el ungüento sentía como si estuviera volando, como si le hubieran crecido alas o si viajase en una escoba.

¿No es acaso aquella sorprendente sensación similar a la que produce el LSD en la actualidad?
Los ungüentos estaban preparados con diversos elementos, unos absurdos y completamente inofensivos, como vello púbico, uñas cortadas, gotas de esperma o líquido menstrual. Otros eran de verdad peligrosos y eran \ns que producían las extrañas sensaciones: belladona, opio, beleño o datura, fáciles de obtener a partir de algunas plantas silvestres muy comunes.
En cuanto las jóvenes brujas untaban el cuerpo con la repugnante mezcla se producían las visiones eróticas, reflejo de sus anhelos íntimos. Emprendían entonces viajes fantásticos con la imaginación, confundiendo la realidad con la fantasía. ¿Significa esto que los viajes al aquelarre eran ficticios? No siempre sucedía así.
Las obras que tratan del tema jamás dejan de dar un ejemplo sucedido en la Alemania del año 1435. Un tal Johan Nider, que debió ser un juez con mejor juicio que sus colegas, quiso realizar una prueba para demostrar que aquellas mujeres que fueran acusadas de practicar la brujería mejor harían en regresar a su casa y hacer las paces con el marido.

Embadurnó el cuerpo de una mujer — se supone que voluntaria— con el famoso ungüento y esperó a ver en qué consistían sus reacciones. Tanto él como los demás testigos la vieron caer dormida. Minutos después, su cuerpo se contorsionó mientras pronunciaba unas palabras. Decía que viajaba por el espacio y que se dirigía a la reunión con sus compañeras. Nider ordenó a un par de guardias que acudiesen al lugar descrito por la presunta bruja. Regresaron diciendo que no habían encontrado a nadie, que aquello estaba desierto y oscuro. Mientras tanto, la mujer se golpeó la frente contra la mesita de noche y se hizo una herida.

Al despertar declaró que fue el propio Satanás quien la golpeó, en un arrebato de furor erótico. Sin embargo, el buen juicio de Johann Nider no se impuso. A muchos jueces agradaba más seguir desnudando a las jóvenes, para gozarlas primero y apoderarse después de sus bienes. Y si se ponían pesadas, era fácil decir al verdugo que las hiciera callar para siempre.

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