Todos participaron activamente en la farsa

hechizos


Grabado de 1589 mostrando el castigo sufrido por tres mujeres acusadas de practicar la brujería. Sucedió esto de resultas del tercer juicio sucedido en la ciudad de Chelmsford. Tenían las brujas inglesas una positiva ventaja sobre sus colegas francesas y alemanas: jamás eran conducidas a la hoguera.

Los habitantes de Salem se prestaron a la siniestra farsa, sin darse cuenta unos y conscientemente otros, para no ser víctimas de una acusación. El silencio fue muy pronto la mejor arma para no despertar sospechas: una palabra mal interpretada podía ocasionar serias di­ficultades. En el servicio religioso del domingo las mujeres ocultaban el rostro bajo un capuchón, para no ser reconocidas, y el pastor no dudaba ya, en el curso de su sermón, en revelar los secretos confiados a él por las penitentes. Y no le costaba nada denunciar a las autoridades a las mujeres que le resultaban sospechosas.
Algunos malvados se aprovecharon de la situación para denunciar a sus enemigos personales o a quien ellos debían dinero. Llegó la situación a tales extremos que, cuando la anciana Rebecca Nurse, de conducta irreprochable, fue declarada inocente de los cargos en su contra, mucha gente se molestó al escuchar el fallo y rompió los bancos y lanzó objetos a los jueces. Estos lo pensaron mejor y declararon que se habían equivocado y que la anciana sólo era buena para ser colgada del cuello, cuanto antes mejor.
Condenaron también a represen­tantes del sexo fuerte, como sucedió con el capitán John Alden. Era famoso por sus proezas como marino y cazador de indios. Vendía armas a los indios y a los franceses y tenía hijos bastardos de todos los colores. Las niñas, alecciona­das por uno de los jueces que le quería mal, lo acusaron de haber pactado con Satanás y dieron comienzo a sus ya clásicas funciones de aullidos y espumarajos.
Alden no les hizo el menor caso. Y para expresar el desprecio que sentía por el pueblo de Salem, no sólo conservó el sombrero puesto, sino que se burló de las niñas. El tribunal no se atrevió a condenarlo a morir en la horca, como había hecho con las ancianas indefensas y con la mamá del morenito. Lo mandó a prisión a cumplir una larga permanencia entre las rejas. Pero el capitán se escapó al día siguiente. Cuentan las crónicas de la época que se fue a matar más indios y que no volvió por Salem.
Otro hombre acusado iba a ser el reverendo George Burroughs, desposeído de su ministerio dos años antes porque acusó a la gente de Salem de no pagarle una suma que le debían. Cometió un error, porque a aquellas personas, siendo muy avaras, no les agradaba que se dijera en público. Lo acusaron entonces de pactar con el diablo.
Declaró una niña que Burroughs penetró una noche en su cuarto y le ordenó escribir su nombre en un libro, quién sabe con qué malvados propósi­tos. Indignado al ver que no le obedecía, el exreverendo le propinó varios mordiscos en el cuerpo. Mientras esto se decía, el acusado permaneció impasible. Declaró que no sabía de ningún brujo capaz de estar en dos sitios al mismo tiempo. Si los señores jueces se tomaban la molestia de hacer una investigación, averiguarían que la noche que estuvo mordiendo a la niña se encontraba a considerable distancia de Salem.
A pesar de todo, lo mandaron a la horca. Cuando el verdugo le colocaba la soga en torno al cuello, Burroughs recitó un padrenuestro con voz fuerte y clara. Esto molestó al público: era imposible que un brujo dominado por Satanás fuera capaz de hacer tal cosa.
Del 18 de junio al 22 de septiembre de 1692, fueron colgadas o torturadas diecinueve personas. Aquel «terror según Satanás» duró hasta el 13 de enero del siguiente año, cuando el jurado se dio cuenta de que debía eliminar 30 de las 56 actas de acusación, y de las 26 restantes sólo se reconoció la culpabilidad de tres acusadas de «provocar la aparición de malos espíritus después de pactar con el diablo».

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