Se practicaba la crueldad más refinada

Los métodos empleados eran casi los mismos en todos los países de Europa (que serían implantados en las colonias de América). Lo único que cambiaba eran los refinamientos y la crueldad en el tormento. Por regla general, la sesión daba inicio con laestrapada. Los brazos de la víctima eran tirados hacia atrás y se ataba sus muñecas a una cuerda que colgaba del techo. Se izaba a la víctima y mientras se encontraba suspendida se le hacían las primeras preguntas, en espera de una confesión.
La operación se realizaba despojan­do de su ropa a los sospechosos, para evitar que fuesen a ocultar en la ropa un objeto mágico compuesto por su amo Satanás, que los hubiera vuelto insen­sibles al dolor. Cuando las víctimas eran mujeres jóvenes y deseables, con mayor razón se las despojaba de toda su ropa, ante la mirada complacida de los jueces o miembros de la Inquisición. Y si éstos tenían que abandonar la cáma­ra de tortura para atender un asunto, o sencillamente para ir a comer, el ver­dugo y su ayudante aprovechaban su ausencia para violar a las mujeres.
Si no bastaba el suplicio de la estrapada para obtener la confesión, se echaba mano del que seguía en bruta­lidad: el de la escuasación. La acusada era vuelta a izar, pero con pesas atadas a los pies, y mantenida en alto largo tiempo. Ordenado por los jueces, y sin avisar a la víctima, el verdugo soltaba la cuerda. Pero no alcanzaba a golpear el suelo. La víctima sufría tan fuerte sacu­dida que solía dislocarse los brazos y piernas.
Se llegaba más lentamente a la agonía por medio del potro, aparato que se encontraba en todas las cámaras de tortura. Era utilizado por jueces y ver­dugos con visibles muestras de satis­facción.
Sólo la muerte podía liberar a las víctimas, porque todas terminaban confesando todo lo que deseaban oír los jueces, en especial el nombre de otros cómplices. Si al llegar a su fin la pri­mera cuestión —nombre más elegante dado a la tortura— se retractaban de cuanto dijeron y declaraban que no hubo tales cómplices, de nada servía. Eran detenidos los inocentes y tortu­rados. Después, los jueces regresaban a la víctima primera, con renovado vi­gor y celo. No faltaban las ancianas acusadas de practicar la brujería. Muy pocas podían soportar la prueba y la muerte pronto hacía presa en ellas. De acuerdo con la lógica tan especial de la época, esto significaba que la víctima era culpable. Jamás se atribuía su muerte al empleo de la violencia, por­que era legal, sino a la complicidad del diablo, deseoso de callar para siempre a la condenada y evitar que revelara se­cretos que no debían ser conocidos.
Un tormento muy en boga consistía en calzar a la víctima con unas botas de hierro y colocar sus pies muy cerca del fuego. Este ingenioso aparato de tor­tura recibió en muchos lugares de Eu­ropa el nombre de botas españolas, a pesar de no tener nada que ver con la Inquisición española, símbolo popular de la crueldad hasta nuestros días. La Inquisición era en España indepen­diente, sin nexos con Roma, y afirman algunos autores que era menos riguro­sa que la Inquisición de los papas. Pero sólo un poco menos.
Había otro tipo de botas anchas que subían hasta las rodillas, fabricadas con cuero muy duro. La acusada era atada a una silla provista a veces con clavos puntiagudos y, para acabar de hacerle la vida imposible, el verdugo echaba agua hirviendo en el interior de las botas. Cuando las botas no eran de cuero, sino metálicas, el verdugo no echaba agua, no fueran a oxidarse. Echaba plomo derretido.
Cuando el verdugo no disponía de botas o se había aburrido de hacer siempre lo mismo, tiraba la condenada a un pozo de cal viva y ahí la tenía durante un buen rato. Sustituía a veces este sistema por tenazas para arrancar las uñas. Era frecuente que las calenta­ran al rojo vivo para hurgar en la carne y desgarrar jirones. Cuanto más gri­taba la víctima su inocencia, más ra­zones tenían los compasivos jueces para estimar que el diablo se oponía a la confesión.
brujerias
Durante siglos una fuerte aversión contra las mujeres, en las cuales se veía siempre una bruja en potencial, recorrió toda Europa. Fue una época en la que dominó el terror y duró siglos. El resultado de este odio fue que unas cien mil personas, 85% mujeres, fueron ejecutadas. La mayor parte de las torturas era de carácter sexual, siempre encubiertas por lo sagrado. En prácticas completamente al margen de la doctrina de Cristo. Con ellas arrasaron pueblos enteros, incluyendo a los niños.

Volver a Brujerías

Artículos relacionados