Presentaba muy curiosos síntomas

Los manuales de demonología de la época, que eran muchos y muy docu­mentados, explicaban que eran varia­dos los síntomas que presentaban las posesas: unos eran los ataques de furia demente y las maldiciones que los acompañaban. Además, se expresaban a veces en una lengua incomprensible, que parecía extranjera. Veían cosas invisibles para los demás mortales y mentían por cualquier cosa, siguiendo las órdenes del diablo. En Magdalena se daban cita estos síntomas y muchos más, así que no hubo más remedio que llamar al exorcista.
A partir de entonces, Magdalena pasó el tiempo confesándose, rezando devotamente, escuchando misas, aten­diendo al exorcista, besando el crucifijo, tocando las reliquias, luchando a todas horas contra el Maligno. A fuerza de mantener un programa tan fatigoso no es de extrañar que la monja perdiese la noción de la realidad y que comenzase a contar unas cosas cada vez más invero­símiles.
Y alternando con las historias que daba a conocer, que ponían a temblar a su auditorio, estaban las crisis que con­torsionaban todo su cuerpo y los ojos que se ponían en blanco, además de los saltos que daba encontrándose en el suelo, cuando caía al parecer inconsciente.
Informó poco después que tenía un sapo en la garganta. El exorcista atribuyó la presencia del batracio a la presencia de Satanás. Tendrían que transcurrir casi tres siglos para que la ciencia médica aclarase el misterio de ‘los sapos en la garganta: la bola que parece impedir que se trague la saliva es característica de los casos de histeria. La joven Magdalena estaba gra­vemente enferma, pero a nadie se le ocurrió pensar que no hubiese poderes diabólicos de por medio en su estado.

Un dominico toma el asunto en sus manos

El padre Michaelis, prior de un conven­to además de vicario general de la congregación dominica y gran inquisidor de la fe en la población de Aviñón, tuvo que ocuparse personal­mente del caso, en vista de que su ilustre antecesor no había podido resolver nada. Y lo primero que hizo fue conducir la supuesta posesa a una gruta de las cercanías. Era el 22 de noviembre de 1610.
Magdalena permaneció todo el invierno en la gruta, en compañía de varios frailes que tomaban nota de cuanto decía. Era el mismo lugar desapacible, frío y húmedo a donde, según la leyenda, vino a refugiarse la pecadora María Magdalena bíblica después de desembarcar tras el viaje que hizo desde Judea. La Magdalena del siglo XVII jamás hubiese escogido la cueva, porque era aterradora. Ni tampoco sus compañeras del convento, que se estaban contagiando ya de sus locuras.
El 6 de diciembre, Magdalena tenia ya a otra monja en la gruta. Era una ursulina que soltaba sapos y culebras por la boca. Se llamaba Luisa Capeau y decía a gritos que tres demonios habían tomado su cuerpo como morada. Y como Magdalena no podía ser menos, permitió a sus demonios personales que se lanzaran contra los de su vecina. Ahora eran dos las mujeres endiabladas, que rivalizaban en las contorsiones, las blasfemias, en aterrorizar a la concurrencia. Aquello se ponía bien. De seguir así, no tardarían otras posesas en aparecer. Y todas culparían de sus males al cura Gaufridy.
hechizos
Los procesos por brujerías llegaron al paroxismo entre los años 1580-1620. Durante el reinado de Luís XIII las hogueras todavía ardían. La demoniomanía estaba de moda. Las histéricas triunfaban, los conventos de estaban repletos de mujeres supuestamente poseídas.

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