Por cada brujo, diez mil brujas

Las mujeres, en especial las que debían sufrir una rígida obediencia al esposo que nada sabía de galanterías, eran las que con mayor afición acudían a las reuniones celebradas al aire libre, en un claro del bosque, bajo la noche estrellada. Podían dar allí rienda suelta a sus pasiones. Con justa razón, el historiador francés Jules Michelet, autor de una magnífica historia de las brujas diría en el siglo pasado que «por cada brujo hay diez mil brujas». Era una afirmación razonable, que contenía mucho de verdad. El mismo Michelet decía en 1862 que las brujas resultaron de la profunda desesperación que la actitud siempre intransigente de la Iglesia provocó entre la gente.
Los psicólogos afirman, a este respecto, que las mujeres presentan cierta tendencia a dejarse impresionar por lo fantástico y lo sobrenatural y que es lógico que la brujería llegase a convertirse en un fenómeno netamente femenino. Además, no siendo aceptada en la sociedad más que como objeto de placer para uso exclusivo del hombre o para procrear hijos, la mujer debía buscar la manera de liberarse del yugo masculino. En realidad, ese intento de liberación femenina, muy anterior a los que se iniciaron a comienzos del presente siglo y al famoso sufragio femenino, fue algo más que dirigirse al lugar donde se hallaría placer en condiciones que rayaban en lo milagroso.
El fruto prohibido ha atraído desde siempre al ser humano y en especial a la mujer. ¿Qué hubiera sucedido de haberse abstenido las autoridades de aquellos tiempos de acusar a nadie de asistir montada en su escoba a la reunión nocturna? ¿Qué hubiera sucedido de haber atendido los maridos con galantería y halagos a las mujeres, para no darles oportunidad de sentirse insatisfechas o burladas? Tal vez lo mismo que en tiempos del rey Luis XIV de Francia, cuando desapareció la brujería de manera radical para dar paso a otro tipo de brujería. El soberano francés, asesorado por algún ministro o por un impulso de verdad inteligente, decidió un día dar curso legal a la práctica hechicera. Si una mujer deseaba ser bruja, allá ella. Y allá el esposo que se lo permitía. Había triunfado ya el Renacimiento en Italia y en el resto de Europa —menos en España—, y las costumbres sexuales eran bastante más liberales que en el pasado.
Las concesiones hechas por Luis XIV dieron al traste con las persecuciones Se acabó la vieja brujería y los aquelarres, para dar paso a otro tipo de cacería: la de hugonotes, nombre que daban en Francia a los protestantes.

brujerias

Gracias al rey Luis XIV la brujería se pudo ejercer libremente en Francia.