Muchas formas de designar al Maligno

Entre los muchos nombres con que suele designarse a Satanás figuran Lucifer, el Diablo, el Demonio, Belcebú, Asmodeo y Luzbel, que vienen a coincidir en una buena parte con el nombre que tenían algunos dioses de la antigua Babilonia y de Fenicia, tan aborrecidos por los judíos, como lo fueron también Astarot, Astarté y Lilit.
Belcebú no fue otro que un dios de segunda categoría llamado Bel Zebub, o Señor de las Moscas, cuya misión era proteger a los filisteos de las molestias que les causaban los malditos dípteros, que los había en abundancia. El término Bel es una de las formas de Baal, que reinaba en el mundo terrestre.
Este Belcebú sería convertido en el Nuevo Testamento, porque así le dio la gana a san Mateo, en jefe supremo de los demonios identificado por Jesús con Satanás y el rey del infierno. En el Antiguo Testamento no se menciona en ningún momento a Belcebú, pero al llegar al versículo 24 del capítulo XII del Evangelio de San Mateo, ya en el Nuevo Testamento, aparece citado por primera vez. Dice el texto que «mas los fariseos, al escuchar a un endemoniado, dijeron: Este no echa fuera a los demonios sino por Belcebú, príncipe de los endemoniados».
La palabra «demonio» deriva del griego daemon, término que se refiere a las inteligencias paganas que aconsejaban a los seres humanos sobre la conducta a seguir. Siendo paganas, solamente maldades podían aconsejarles, y esto lo tomó san Mateo muy en cuenta al escribir su Evangelio.
En lo que a Lucifer se refiere, no era otra cosa que el lucero del alba y la estrella vespertina, identificados ambos con el planeta Venus, que aparecen algún tiempo por la mañana y después al atardecer, para desvanecerse una temporada antes de su regreso para presentarse al alba. Los cristianos asociaron a este Lucifer con Satanás al traducir un versículo del Libro de Isaías, que pertenece al Antiguo Testamento. Es el 12 de su capítulo XIV, que consiste en lo siguiente: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste de la Tierra, tú que debilitabas a las naciones.»
¿Tiene que ver esta cita con algún espíritu malvado? En los primeros años del cristianismo, cuando se redactaron los Evangelios, nadie parecía recordar que los astrónomos de Babilonia y Asiría habían realizado un importante descubrimiento: la estrella de la mañana y el lucero de la tarde eran una sola cosa, el planeta Venus, del que conocieron las fases y otras características. Una hermosa expresión del profeta Isaías, rica en poesía, les pareció bien a los Padres de la Iglesia asociarla con el ángel que se sublevó contra el Cielo. Es curioso observar que el Antiguo Testamento no mencióno a Lucifer, en ningún momento, como principe de las tinieblas, ni como seudónimo de Satanás o de ángel caído.
Solamente aparece una vez el nombre de Lucifer, pero para designar a un rey de Babilonia. Los judíos debieron odiar ferozmente a este personaje y lo identificaron con un símbolo del Mal. Pero no fue este rey el único que cambiaron a su antojo los redactores de la Biblia, a causa del odio que sentían hacia los babilonios, que los sometieron a cautiverio. Y tampoco estimaron demasiado a otros pueblos, entre ellos los filisteos, es decir, los fenicios. Esto se ve reflejado al leer la Biblia. Aquel odio les hizo ver a veces las cosas de manera absurda, y un claro ejemplo lo ofrece la torre de Babel, construida por primera vez muchos siglos antes de ser escrito el Antiguo Testamento. Lo que sucedió fue que la destruyeron en varias ocasiones los ejércitos enemigos que invadieron el país y fue vuelta a construir. Una de las reconstrucciones sucedió en tiempos de la permanencia forzada de los judíos en Babilonia, en el año 587 a.C. Fue entonces cuando los rabinos cautivos comenzaron a escribir el texto sagrado y no dejaron de incluir en sus primeras ediciones lo que pensaban de aquella torre, que consideraban abominable.
El nombre de Satanás aparece en el Evangelio de San Marcos IV, 15 («En seguida viene Satanás y quita la palabra que se sembró en sus corazones».), así como en San-Lucas IV, 8 («Vete de mí Satanás, dijo Jesús, porque escrito está.») y en el mismo San Lucas XIII, 16 («… y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años.»).
Debe mencionarse también, entre los dioses de Babilonia que se convertirían en divinidades del mal a Astarté, diosa del amor cuyo nombre se convertiría en sinónimo del planeta Venus y de los placeres licenciosos. A su vez, su esposo Asur pasaría a ser otro ente diabólico, de nombre Astarot, demonio de las riquezas y de la lujuria, muy invocado junto con Asmodeo por los brujos medievales.
brujerias
Figura de la bíblica Lilit, tal como aparece en la mitología de Babilonia, donde fue conocida como Lilitu. Fue la precursora de los vampiros tipo Drácula, Nosferatu y Carmilla y se le echó la culpa de todos los males que en el mundo han sido.

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