Las misas negras en la Inglaterra del siglo XVIII

De haber adivinado los puritanos ingleses que abandonaron su patria, a comienzos del siglo XVII, para viajar a las tierras arrebatadas a los indios de Norteamérica, lo que sucedería en Londres antes de que transcurrieran cien años, se habrían muerto todos de vergüenza y de santa indignación.
No podían saber, lógicamente, que a partir de 1670 florecería en diversos puntos de Inglaterra, y en especial en su capital, una especie de clubs ideados por la servidumbre, al que iban a danzar como frenéticos hombre y mujeres en su día de asueto semanal. Eran encuentros que daban inicio de manera más o menos decente, pero terminaban en auténticas francachelas. El lunes regresaban a su trabajo de tan excelente humor —aunque algo demacrados—, que el amo sentía de inmediato gran curiosidad por saber a donde habían ido.
Igual que había sucedido con los aquelarres, que nacieron como una expresión de rebeldía en el seno de las clases menos favorecidas de la sociedad y fueron absorbidos más tarde por los adinerados deseosos de vivir experiencias emocionantes, sucedió con los clubs de baile. Existía para entonces una lista actualizada de las damas más lindas del Covent Garden dispuestas a todo: y a algunas otras damas, pero éstas de la high society, les procuró gran placer organizar fiestas a las que acudían las jóvenes mencionadas y los buenos amigos que sabrían mostrarse discretos. En aquellas reuniones no se hablaba todavía de Satanás ni se introducía ninguna hostia por los orificios naturales de nadie. Eso vendría algo después.
Sucedió esto en el siglo siguiente, cuando surgió entre ciertos aristócratas ingleses desocupados y aburridos una morbosa obsesión por el diablo y por los sacrificios humanos. En 1745 crearon el Hellfire Club — o Club de Fuego Infernal— en una ruinosa abadía cisterciense que debió ser abandonada, ante la avalancha de nuevos solos, para pasar a Wycombe, un lugar cercano a Londres. Era un local adornado con estatuas de sátiros y ninfas en posturas altamente sugestivas, el marco ideal para las ceremonias que se celebraban en su presencia. La asistencia se despojaba de sus ropas para practicar a gusto las orgías más exquisitas y adorar de paso a Satanás. Y realizaban la tarea con tal loable empeño los jóvenes de buena familia que sufrían un enorme desgaste físico. Por eso, a nadie puede sorprender que parecieran ancianos antes de cumplir la edad de treinta años.

brujerias

Asistentes a una reunión del Hellfire Club

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