Las misas negras en Francia

Cuando Luis XIV dio luz verde para que practicase la brujería y la magia quien así quisiera, siempre y cuando no perjudicase a los demás, ignoraba que en la capital del reino iban a producirse una serie de misas negras organizadas por alguien muy cercano a él. Y no se celebraron en beneficio exclusivo del soberano o con fines esencialmente eróticos por los nobles de su corte, sino por una dama bastante hermosa que perseguía un objetivo de carácter muy especial. Esta dama fue nada menos que Francoise-Athénais de Rochechouart, marquesa de Montespán, que pasaría a la historia como Madame de Montespán (1641-1707) y quiso celebrar estas ceremonias cuando había cumplido ya más de treinta años de edad.
Madame de Montespán era la amante oficial del rey, pero sintiendo muy disminuidos sus encantos y viendo que corría peligro de verse desplazada por los diecinueve años florecidos de Mademoiselle de Fantagcs, pensó que debía hacer cualquier cosa para no perder el favor real. Hasta pactar con el diablo, si ello fuera necesario. Para lograr tan nobles propósito acudió a una conocida bruja de París, que sabía hacer de todo.
Se llamaba Catalina Monvoisin, pero la llamaban la Voisin, la mujer que ayudaría a la Montespán a salirse con la suya, y colaborarían con ella su propia hija Margarita y cierto abate Guibourg, un hombre dispuesto a lo que fuera con tal de ganar unos luises de oro y de acostarse con quien fuera. Era el año 1673. Lo que sucedió en el curso de aquellas misas, que fueron numerosas, sería dado a conocer en todos sus detalles por Margarita a los jueces e inquisidores, después de lo cual mandaron ahorcarla, claro. La mamá, en cambio, fue a la hoguera sin chistar, sin explicar lo que hicieron en esas misas negras.
El día fijado para celebrar la primera misa negra, Catalina Monvoisin vistió sus mejores galas — es lo que ella creía—, un vestido de color verde, y se cubrió con un manto de terciopelo carmesí. Esperó a su distinguida dienta en una casita situada al fondo del jardín de su propia casa. Le hizo una reverencia, besó su mano y condujo a Madame de Montespán a un salón cubierto con lienzos negros, donde esperaban dos jovencitas cuyos cabellos caían hasta las caderas. Eran perfectamente visibles, y también lo era el resto de su cuerpo, porque no vestían absolutamente nada encima.
Entre las tres mujeres despojaron a la señora marquesa de sus ropas y de sus joyas, que guardaron cuidadosamente, no fueran a extraviarse. Cuando la querida del rey quedó completamente desnuda, la Voisin la cubrió con un manto negro y el cuerpo y el rostro con un antifaz también negro, para ocultar su identidad. Por supuesto que era una tontería, porque todos sabían quién era ella, pero tal debía ser la costumbre.
Condujo a su dienta a otro salón, en el centro del cual había dos losas negras dispuestas en forma de altar y cubiertas con un lienzo rojo, el color preferido por Satanás. La amante real se tendió sobre las dos losas para formar ella misma otro altar de sacrificios. Margarita se aproximó a la dama y separó sus piernas, como exigía el ritual. El lugar estaba iluminado por nueve cirios negros.

brujerias

Luis XIV aceptó que se practicase la brujería en su reino.

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