Las misas negras del padre Boullan

A fines del siglo XIX apareció publicada en Francia una novela extraordinaria, única por su contenido realista, de la que era autor un hombre que había sido admirador de Emilio Zola pero que cambió su estilo naturalista al convertirse al catolicismo. Este hombre, nacido en 1848, se llamó J. K. Huysmans y el libro, que fue traducido a varios idiomas y sigue leyéndose con interés, se tituló Lá-bas, es decir «Allá lejos». Describía en su novela una de las muchas misas negras celebradas por un sacerdote verdadero por él conocido, de apellido Boullan.
Había nacido en 1824 y se ordenó sacerdote en 1849, después de lo cual se convirtió ,en confesor y director espiritual de una monja llamada Adela Chevalier. Esta mujer recibió del sacerdote sabios consejos y, a cambio, le obsequió con dos hijos y le dio todo su apoyo para fundar una iglesia que se ocuparía de ayudar a reparar las almas. Las ajenas, por supuesto.
Entre los dos organizaron diversas misas negras, a las que acudieron sus seguidores, casi todos del mundo intelectual, cada vez más numerosos. En enero de 1860 vino a descubrirse que la pareja sacrificaba niños recién nacidos, cuando así les convenía, y que figuró entre ellos uno de sus hijos. La Iglesia católica supo de lo sucedido y separó al cura infernal de sus filas y además lo excomulgó.
El ex-padre Boullan incluía en sus ceremonias, como es lógico suponer, todo género de relaciones sexuales. Sostenía que tanto él como sus numerosos feligreses habían tenido comercio carnal con ángeles y espíritus venidos del más allá, así como con personajes históricos que se molestaron en viajar por la cuarta dimensión para conocerlo, como fueron Alejandro Magno y la mismísima Cleopatra de los buenos tiempos.
Durante la segunda mitad del siglo pasado fue cosa muy frecuente ver hombres y mujeres que se dedicaron en Francia a celebrar misas negras. Estaba de moda. Nada tenían que temer, mientras no sacrificasen a un recién nacido o a una persona crecidita. Nadie los miraba de reojo, con desprecio o con temor. Algunos hacían de estas reuniones verdaderas fiestas dedicadas al sexo. Otros buscaban tan sólo sacar algún beneficio económico de las prácticas. Anunciaban una misa negra para tal día y cobraban por entrar. Tenían que comer.
En especial eran pueblerinos y extranjeros, venidos de Alemania, Holanda o Inglaterra, los que se apuntaban para ver el espectáculo. Lo mismo sucede en la actualidad en la capital francesa con otro tipo de función para uso de turistas, los centros nocturnos, a los que acude un público heterogéneo que coincide en una sola cosa: su evidente interés por el aspecto erótico que ofrecen los organizadores del espectáculo.
Por supuesto que en las misas negras del siglo pasado se ofrecía como plato principal del show a una mujer desnuda, tendida sobre un altar cubierto con un paño de terciopelo rojo, acompañada por los cantos y la decoración tenebrosa. Pero la sangre era tan falsa como la que aparece en las películas de satanismo y de violencia que pasan por televisión y la sacerdotisa solamente copulaba con el sacerdote si era de su agrado y los espectadores pagaban por ello. Si no, no.

brujerias

Las cosas habían cambiado en Francia dos siglos después del asunto de la Voisin. Si en tiempos de Luis XIV se tomó en serio lo de Madame de Montespán, en 1850 el caso Boullan iba a suscitar comentarios jocosos en la capital francesa.

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