Hay más sectas satánicas que en ningún otro sitio

California es el paraíso de los satanistas y tiene su propia iglesia luciferiana con varios miles de adeptos que tienen su Biblia satánica. Celebran misas negras en las que participan mu­jeres muy liberadas que se prestan a tenderse sin ropa alguna sobre el altar adornado, todo muy al estilo de Hollywood.
Tal parecía que esto de las misas negras era una forma como otra cual­quiera de pasar el rato los aficionados a lo oculto sin hacer mal a nadie y de ahuyentar el tedio sin que hubiera sangre de verdad ni sacrificios huma­nos verdaderos. Pero sucedió un día, hace más de veinte años, algo espeluz­nante que iba a estremecer hasta el alma a la población de Los Ángeles y del mundo entero.
En agosto de 1969, Román Polanski acababa de tomar el último vuelo a Londres, donde había sido contratado para preparar una película. En el 10050 de Cielo Drive, en las alturas de Hollywood, se había quedado sola su mujer embarazada de siete meses, que algún tiempo atrás había actuado en una divertida película de vampiros di­rigida por Polanski. Al atardecer del día 8, Sharon esperaba a varios amigos del medio artístico, aficionados como ella a las prácticas de brujería y a fumar cigarrillos de marihuana de vez en cuando. Nadie sabe qué sucedió exacta­mente aquella noche. La policía sólo conjeturas pudo hacer la mañana si­guiente, al ser alertada por la mujer que acudía temprano todos los días a hacer la limpieza.
Hallaron sobre el césped del jardín el cuerpo de un hombre terriblemente mutilado y a un par de metros el de una mujer abatida a tiros y a cuchilladas. Y en la puerta de entrada a la casa vieron escrita una palabra con sangre de una de las víctimas: Pigs, es decir, cerdos. En la sala había dos cuerpos colgando.

Uno era de hombre y había sido castrado antes de morir. El otro era de una mujer de enorme vientre en el que habían clavado quince veces un arma blanca, y al que habían cortado un seno. En vida se había llamado Sharon Tate. Había una quinta víctima, un joven de dieciocho años, amigo del guardián, que debió sorprender a los asesinos y pagó por ello con la vida.
Aquel asesinato colectivo no era un vulgar crimen cometido por ladrones o por gente deseosa de vengar un agravio, sino que más bien parecía un sacrificio ritual. En aquel momento, la policía no supo descubrir las razones del asesinato colectivo ni averiguar quienes fueron los culpables, pero descubrió un indicio que los condujo a la solución del caso.
Fue la palabra escrita en la puerta, el insulto preferido por los Black Panthers de Los Angeles al dirigirse a los blancos. Pero era también el término más del agrado de los hippies que vivían en el rancho Spawn Movie, un lugar espantoso que había servido como escenario para varias películas de vaqueros y que se convirtió en refugio de jóvenes amigos de fumar marihuana y de vivir su propia vida. El grupo estaba formado por muchachos de buena familia y gente que había fracasado en la vida y sentía un rencor enfermizo hacia la sociedad.
Cuatro meses después de ser cometida la masacre de Cielo Drive se conocía ya el nombre de las personas del rancho Spawn Movie que habían asesinado a Sharon Tate y a sus invitados. Eran Charles Manson, Susan Atkins y tres jóvenes más aficionadas a ingerir drogas. Fueron detenidos a fines de noviembre y confesaron de inmediato, sin que tuviera que insistir demasiado la policía, que habían sido ellos los autores del crimen.
Los periódicos se ocuparon entonces de dar a conocer a sus lectores la desquiciada y atormentada personalidad de Manson, quien mandaba sobre los pobladores del rancho y se hacía pasar unas veces por la reencarnación de Jesucristo y otras por la de Satanás. Esto le permitía estar muy por encima de las leyes humanas, afirmaba enfáticamente. Enseñó a sus discípulos que el crimen perpetrado contra alguien es como matarse uno mismo. Era algo complicado este Manson. La policía investigó la vida entera de este hombre y descubrió un pasado tan tenebroso como lamentable.

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