Fue una ceremonia fruto de la mucha práctica

La hija de la Voisin y las dos jovencitas entonaron un canto en honor a Satanás. La experiencia de estos menesteres debía ser grande, porque realizaron la tarea a la perfección. Al llegar a su fin su intervención musical sonó una campanilla e hizo su entrada teatral un hombre vestido de negro. Era el abate Guibourg, que sería el oficiante de la misa. Portaba en una mano una cruz invertida y en la otra un recipiente conteniendo la sangre de un recién nacido por el que acababa de pagar un escudo. Había tardado un poco porque estuvo ocupado en degollarlo, sangrarlo y despojarlo de sus visceras. Lo demás iría a hacer compañía a los restos de otros 2.500 niños enterrados en el jardín, que serían descubiertos más tarde por la policía.
Sin perder el tiempo en saludos innecesarios, el abate Guibourg realizó el ritual de todas las misas negras: entonó una letanía que fue coreada por sus ayudantes y echó la sangre que traía en un cáliz, no sin antes habérsela dedicado al Diablo. Después vertió parte de la sangre, muy lentamente, sobre el cuerpo de la aristócrata, acompañándose de una invocación. Luego se arrodilló ante la mujer y comenzó a besar con suavidad la piel ardiente. Cuando hubo recorrido todo el cuerpo de la Montespán, dispuso un crucifijo invertido entre sus muslos abiertos.
El oficiante recibió de la Voisin madre varias hostias elaboradas con cenizas de un niño sacrificado y harina, y las humedeció con la sangre. Colocó una sobre la boca de la mujer, tomó otra para sí y entregó el resto a las ayudantes. Después clavó un cuchillo en su mano y dejó gotear sangre sobre el cuerpo femenino, mientras murmuraba otras invocaciones. En aquel momento, la Voisin se dispuso a ungir a la Montespán con el resto de la sangre del cáliz. Terminada esta operación, el abate volvió a besar él cuerpo de la mujer, muy lentamente, empezando por el rostro y terminando con los pies.
El final de la misa negra llegó, como era de esperar —incluso por Madame de Montespán—, con la posesión de la dama por el abate. Las mujeres fueron presa entonces de un ataque de histeria y cantaron tomadas de la mano mientras el sacerdote oficiante seguía tendido sobre la mujer hasta consumar el acto sexual. La marquesa no protestó en ningún momento. Es posible que le estuviese tomando gusto a la ceremonia ritual.
brujerias
Madame de Montespán ha pasado a la historia como una de las muchas amantes de Luis XIV, pero también como la mujer capaz de hacer cualquier cosa para que no se le fuera el rey, a pesar de no ser ya una jovencita. Se negaba a aceptar que a Luis, ya viejo, le agradasen más las veinteañeras.

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