Fue descubierta la Voisin por pura casualidad

En 1678, un magistrado de nombre Nicolás de la Reynie, designado jefe de la policía de París, investigaba el asunto de alquimistas que decían fabricar plata a partir de plomo. Se enteró casualmente de las palabras que acababa de pronunciar, en tono jactancioso, cierta adivina profesional llamada Marie Bosse: con tres envenenamientos más como el que acababa de perpetrar por encargo, podría retirarse de la profesión para disfrutar de sus merecidas ganancias.
Cuando el jefe de policía se presentó en casa de la tal Marie Bosse halló un amplio surtido de extractos de plantas variadas utilizadas en la preparación de filtros mágicos, además de cantáridas, sangre disecada, pelos de macho cabrío, esperma en polvo y otras delicias por el estilo. La dama fue amenazada con el tormento.

Pensar en la perspectiva de pasar un rato desagradable en manos del verdugo fue suficiente para recitar el nombre de diversos colegas distinguidos, entre ellos el de la Voisin y su socio el abate Guibourg. Confesaría Nicolás de la Reynie, al conocer al sacerdote, que era uno de los individuos más repugnantes y miserables por él jamás conocido.
Pudo averiguarse entonces que la profesión del buen abate era celebrar misas negras por encargo, sobre el cuerpo desnudo de damas de la buena sociedad que acudían a él en busca de algo que sólo podían obtener intercediendo ante el diablo. A veces, si ellas sentían cierto pudor, solicitaban que les fuera colocado un antifaz negro. Se daba fin a la función con el acto sexual, que por algo se había molestado el bueno del abate en armar el tinglado.

Era costumbre lavar los genitales de los dos actores principales de la ceremonia con una mezcla de sangre y vino —y tal vez otras cosas— y se entregaba el sobrante a la clientela para que se lo diera a beber al amante que amenazaba con irse con otra. En el caso de Madame de Montespán, la misa negra surtió efecto, pero sólo durante algún tiempo, porque en 1678 el rey manifestó a su amante que había puesto ya los ojos en otra más joven y que todo se haría según su real gana. Siguieron varias funciones más, en las que el abate Guibourg continuó gozando de los favores de la dama y además cobró por ello. Pero fue en vano. Su majestad Luis XIV se mostraba cada día menos ardiente con la buena señora. Entre otras cosas porque el rey andaba ya por los cuarenta y estaba bastante maltratado por el abuso.
brujerias
Cuando la Voisin arribó al cadalso, vistiendo sus mejores galas, parecía como si acudiera a una fiesta. De no ser por el verdugo, armado de una hacha, nadie podría pensar que muy pronto se cortaría el cuello a esta mujer que había sacrificado a no menos de doscientos recién nacidos para utilizar su sangre en una misa negra.

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