Era preciso encontrar la marca del diablo

Se ignora a quién se le ocurrió idear este recurso sencillo para saber si una mu­jer era bruja, pero seguro que debió ser alguien deseoso de ver jóvenes desnu­das -y tocarlas, si era posible— sin que nadie se sintiera horrorizado. Cuando llegaba el caso de buscar la marca del diablo en el cuerpo de una acusada, sucedían cosas extraordinarias. Los jueces estaban seguros de que, si Sa­tanás o cualquiera de sus secuaces tuvo relaciones carnales con una mujer, dejó en su cuerpo la huella imborrable de su paso, que solía traducirse en un lunar, una pequeña verruga o una marca sin aparente importancia.
Por lo común, se tomaba como mar­ca diabólica cualquier señal, aunque fuese de nacimiento. Y como la marca se ocultaba bajo la ropa, era preciso quitar ésta, con gran satisfacción de los jueces, que se inclinaban sobre el cuer­po desnudo. Si no encontraban nada, mandaban afeitarlo todo y hurgaban con los dedos en los lugares más recón­ditos de la anatomía femenina, excita­dos ante la carne fresca y apetecible, muy ajenos a veces sobre la verdadera razón de su presencia en la cámara de tortura.
Mala cosa era cuando no aparecían marcas diabólicas. En tales casos era preciso emprender la búsqueda de otras invisibles, como podían ser las zonas insensibles al dolor. Para ello, vendaba el verdugo los ojos a la acusada, para que no viese por dónde iba a llegar la aguja, y penetraba ésta cuantas veces hiciera falta, hasta que en cierto momento dejase de gritar de dolor. Aquel punto que parecía no provocar alaridos debía ser el que se buscaba.
Por supuesto que la sesión podía durar todo el tiempo que fuese necesario para que los jueces pasaran un largo rato gozando con el espectáculo de la joven sufriendo. A veces, estas sesiones resultaban tan dramáticas que llegaban a oídos de un cronista. Y fue así como ha quedado inmortalizado, entre otros muchos, el interrogatorio practicado en 1652, en la ciudad de Ginebra, a la joven campesina llamada Michelle Chaudron.
Introdujeron largas agujas en su cuerpo y en cada ocasión surgió con fuerza la sangre. La joven no dejaba de aullar. Opinaron entonces los jueces que sería bueno torturarla para obtener su confesión. Cuando terminó el verdugo con la tarea —realizada, por supuesto, en presencia de los jueces y sin haber cubierto con sus ropas a la acusada—, se regresó a las marcas diabólicas. Esta vez se clavó la aguja en una mancha azulada del muslo. Esta vez no gritó Michelle. Quedaba probado que era una bruja. La estranguló el verdugo y a continuación hicieron los presentes una hoguera y quemaron en ella el cuerpo de la bruja.

brujerias


Iinstrumentos utilizados para arrancar la confesión a las sospechosas de practicar la brujería en los años 1623 al 1633, en la ciudad alemana de Bamberg. A veces no servían para nada: muchas mujeres confesaban sus crímenes sin darse cuenta de lo que hacían.

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