Era preciso acusarlas de lo que fuera

Como las niñas comenzaron con men­tiras, su amor propio les impidió dar marcha atrás. Tuvieron que defender­se con más mentiras, sin pensar que podrían poner en peligro la vida ajena. Y como los jueces les pidieran el nombre del ser tenebroso que venía a ator­mentarlas, se les ocurrió dar, como sucede en estos casos, el de una persona que no les resultaba simpática o no podía defenderse. Salió el nombre de Tituba y fue seguido por el de la mendi­ga Sarah Good y el de la tullida Sarah Osborne, vergüenza de Salem, por su afición desmedida a empinar el codo. Y también el de Martha Cory, madre de un bastardo de tez oscura, cuyos muchos pecados habían hecho sufrir a la virtuosa comunidad.
En ningún caso dieron las niñas el nombre de un vecino respetable, porque nadie les hubiera hecho caso. Tontas no eran. Gracias a su entusiasmo, pronto fueron dos centenares las personas acusadas de tener tratos con el diablo. La mitad fue encarcelada y sometida a interrogatorio en un juicio que se inició el 1° de mayo de 1692. Los ánimos estaban exaltados y se ocupó de encenderlos aún más cierto Cotton Mather, un famoso predicador de Boston.
Presidieron el tribunal dos individuos que jamás estudiaron leyes pero que hacían todo lo que les ordenaba el fanático perseguidor de brujas. Preguntaron a las acusadas si tuvieron comercio carnal con algún demonio y por qué tenían tanto interés en perjudicar a las inocentes criaturas. Sarah Good se defendió diciendo que aquello era una tontería. Sus respuestas fueron tan ricas en sensatez que el presidente del tribunal pidió a las niñas que la mirasen y jurasen que fue ella la autora de sus desgracias. Las niñas sufrieron el enésimo ataqué de histeria y contestaron afirmativamente.
Hawthorne, que así se llamaba el presidente del tribunal, acusó a Sarah de no decir la verdad y la condenó a morir en la horca. Igual condena recayó en Sarah Osborne, quien se salvó de morir colgada. Murió por sí sola, en el calabozo. En cuanto a Tituba, que no era nada tonta, se confesó culpable, pero reconoció que había sido víctima de Satanás, sin poder evitarlo, porque el muy malvado había amenazado con maltratarla si no le obedecía. Gracias a su confesión salvó la vida, pero tuvo que permanecer largo tiempo encerrada, por si acaso.
No tuvo tanta suerte Martha Cory, a quien le tenían ganas las personas honorables de Salem. La mandaron a la horca, para que aprendiera a portarse como las mujeres decentes. Pero no acabó con ella el problema, porque Abigail y Elizabeth reanudaron sus sesiones de posesión satánica y dieron el ejemplo de tal manera convincente que otras muchachas del pueblo sufrieron en público ataques de histeria. Aquello parecía el cuento de nunca acabar.

hechizos

Grabado de la época mostrando a los ciudadanos más respetables de Salem en el momento de acompañar hasta la prisión a una mujer acusada de practicar la brujería. Se la acusa nada menos que de haber lanzado una maldición sobre la vaca de su vecino.

Volver a Brujerías