Era increíble el espectáculo que ofrecían las monjas

Las ursulinas seguían con el demonio metido en el cuerpo- ¿Quién podía reconocer ahora en aquellas furias desencadenadas a sor Juana de los Ángeles y a las dulces vírgenes de su rebaño? Las facciones convulsas, las bocas abiertas soltando espuma, eructando blasfemias inimaginables, aullando de terror en cuanto los exorcistas dejaban caer agua bendita sobre la frente, ¿correspondían a las santas mujeres? Los cuerpos adoptaban a veces la rigidez de la piedra y otras la flexibilidad de una hoja de acero, y los miembros y los cuerpos se retorcían como si fueran elásticos, en posturas inverosímiles, impropias de una monja.
Los frailes exorcistas proseguían sin descanso la lucha, queriendo obligar a los demonios a abandonar a las inocentes víctimas para regresar al reino de Satanás del que nunca debieron salir. Sus nombres malditos resonaban con infernal estruendo. Eran Asmodeo, Belcebú, Leviatán, Zabulón y muchos más. Y por encima de todos los nombres abominables sobresalía el de Urbano Grandier. Sólo en cierta ocasión pareció regresar la cordura a las monjas y juraron que no querían mal al abate Grandier. Pero el cambio de actitud fue atribuido por los exorcistas a la intervención del diablo, que se traicionaba por boca de las posesas.
Finalmente, Grandier fue reconocido culpable por la Iglesia y abandonado a la justicia. Se ocupó el cirujano Maunourri, barbero de profesión, de buscar en su cuerpo la marca insensible de Satanás. El verdugo atenazó el cuerpo del abate y lo quemó con un hierro al rojo vivo, después de lo cual aplicó unas cuñas entre sus piernas y las golpeó hasta quebrar los huesos. El abate no dejó de pregonar su inocencia y suplicó a Dios y a la Virgen María que intercedieran en favor de la verdad.
Una vez la sentencia dictada, levan­taron en vilo al abate Grandier y lo condujeron a una carreta, acompañado por los frailes exorcistas. Toda la ciu­dad presenció la serie de paradas ante cada iglesia para que Grandier, las manos atadas, sin dejar de rezar, escuchara la relación de crímenes cometidos. Mostraba tal fervor en sus palabras que algunas voces comen­zaron a pedir perdón para él.
Había prometido el consejero Laubardemont al condenado a muerte que sería estrangulado por el verdugo antes de encenderse el fuego, pero no fue así. Antes de que el verdugo tuviera tiempo de acercar las manos al cuello de la víctima uno de los frailes se apresuró a encender la hoguera. El fuego no tardó en rodear a Grandier. Murió no sin antes lanzar una maldición sobre las personas que lo condujeron a un fin tan espantoso.
Siguieron todavía unas semanas las escenas protagonizadas por las posesas, pero finalmente todo regresó a la normalidad. La única novedad fue que los frailes enloquecieron o murieron poco después y uno de ellos creyó ver el fantasma del abate Grandier y murió aullando de terror, repitiendo el nombre del ser a quien se complació en torturar. Pero es posible que se trate de infundios surgidos entre la población de Loudun.
hechizos
No lo pasó nada bien el pobre abate en el potro de tortura. Hasta cinco segundos antes de partirle los huesos de las piernas a martillazos estaba seguro de que nada malo iba a sucederle. Después comenzó a confesar todo lo que los jueces le pideron, y de nada sirvió que más tarde insistiese en retractarse de lo dicho.

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