El santo varón cometió el peor de los errores

Al sacerdote le molestaba, como era lógico, que las religiosas mencionasen su nombre sólo para hablar mal de él. A cada instante venía a verlo una comisión de religiosos con el ruego de acompañarlos a la gruta. El hombre se ne­gaba a obedecer, con justa razón. Tenía cosas más importantes que ir a ver a aquellas locas. Hasta que, finalmente, el último día del año aceptó acudir a la gruta donde las ursulinas seguían ofreciendo el más sorprendente de los espectáculos.
En cuanto lo vieron aparecer le llamaron brujo, hechicero, hijo de Satanás y muchas cosas más, todas malas. El afligido cura no sabía que decir. Y las mujeres no le daban oportunidad para hacerlo. Por último, el cura Gaufridy fue invitado a exorcizar a las endemoniadas, cosa que no pudo llevar a cabo, porque desconocía el ritual. Terminó enfurecerse ante la insistencia de tros religiosos y gritó: «Si soy brujo como dicen estas mon-¡que me lleve el demonio!» Apenas pronunció estas palabras rudentes, muy normales en cual-r campesino poco letrado de la re-, pero no en un cura, se dio cuenta ue había cometido un error. Se echó orar, pidiendo disculpas por su bato. Para los exorcistas no hubo mees la menor duda: era el propio más el que ordenaba a Gaufridy Dtar aquella postura insolente, por fortuna para él, Gaufridy tenía mos amigos poderosos, entre ellos Dispo de Marsella. También lo res-Laban los feligreses de su parroquia, se apresuraron a protestar ante las autoridades. Las mujeres que acudían a confesarse con él se unieron para salvarlo. Súmese a esto la búsqueda infructuosa de dos frailes capuchinos que fueron a hurgar entre las pertenencias del acusado, en busca de un pacto diabólico. Nada encontraron que pudiera inculpar al cura. Todo permitía suponer que no tardarían en ponerlo en libertad.
Pero Luisa Capeau no estaba dispuesta a permitirlo. Declaró entonces que había visto al acusado comer niños recién nacidos y cada vez que se encontraba ante él se ponía a ladrar, sin poder evitarlo. El acusado lo negó con desprecio. El 7 de enero llegó una delegación desde Marsella para solicitar su libertad. El cura regresó a su parroquia, deseoso de olvidar cuanto antes la pesadilla.
En la ciudad de Marsella todos se sentían felices. Pero en Aix-en-Provence no aceptaron la derrota. Era como si estuvieran jugando un partido de fútbol. Varios prelados que deseaban la pérdida del cura satánico dirigieron entonces sus baterías contra Magdalena. Estaban seguros de que, si se interrogaba a la monja que inició el escándalo, podría decir cosas de mayor interés.
Y así fue. El 17 de febrero, la monja Magdalena confesó ante numeroso público que el cura Gaufridy la mancilló siendo apenas una niña de diez años y que, no contento con esto, la señaló con su marca infamante y la condujo a la fuerza a una reunión de brujos y brujas. Los espectadores se estremecieron al escuchar la dramática confesión. No hubo más remedio que citar de nuevo al cura. Lo encerraron en un calabozo. En el preciso instante de cerrar la puerta el carcelero, dicen las viejas crónicas que sucedió algo extraordinario: todo los perros del vecindario comenzaron a aullar y todos los gatos a maullar, prueba irrefutable de que el cura Gaufridy no era tal, sino un brujo enmascarado bajo la sotana.

hechizos

Era frecuente, en los tiempos que había brujas y posesiones satánicas por millares, que los candidatos a gozar del favor del Maligno se aviniesen a firmar un pacto. Firmaba en él Satanás utilizando un nombre por el que sentía enorme afecto: Asmodeo

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