El misterioso poder de los magos

Los magos echaban en ocasiones mano de ciertos objetos para solicitar la intervención de los poderes sobrenaturales y realizar a través de ellos sus actos de magia. Es bueno destacar entre esos objetos a la varita mágica, que jamás fue utilizada por las brujas, sino que fue patrimonio tradicional de sus enemigas las hadas, que militaban en el bando contrario.
El Antiguo Testamento da un ejemplo claro del empleo de la varita mágica, en los primeros capítulos del Éxodo, con la famosa vara de Aarón. Los versículos 8 al 13 del capítulo VII relatan el momento en que el faraón se dirigió a Moisés, de ochenta años de edad, y a su hermano Aarón, de ochenta y tres, para exigirles que realizaran un milagro, para ver si eran tan buenos como decían. Es bien conocido lo sucedido: echó Aarón — quien debía ser mago o ilusionista— su vara al suelo, delante del faraón, y se convirtió en culebra.
El faraón ni siquiera se inmutó. Llamó a sus sabios y hechiceros y echó cada uno su respectiva vara al suelo y se volvieron todas culebras. Pero la vara de Aarón devoró a las otras en un santiamén y se acabó el juego.
Sin embargo, olvida decir este pasaje del Pentateuco que, más maravilloso que el episodio de las varas convertidas en culebras fue el hecho de aparecer de la nada el hermano mayor de Moisés. El capítulo II del Éxodo había explicado que una mujer de la tribu de Leví había casado con un varón de la misma tribu y que tuvieron un hijo al que se dio de nombre Moisés. ¿De dónde diablos salió de improviso aquel hermano mayor?
El buen señor jugaba con la magia que era un gusto, a pesar de que Moisés había prohibido a los hebreos practicarla, so pena de severos castigos. No se lo prohibió, en cambio, a Miriam, una hermana que aparecería más tarde, por arte de magia, quien gustaba de jugar a la pitonisa. No se explica uno que Moisés fuera tan tolerante con los hermanos, a pesar de que en cierta ocasión se aliaron contra él. Debió ser una cuestión de puntos de vista.
El actor alemán Eugen Diessel trabajaba algunos años antes de la II Guerra Mundial en la filmación de La tumba india, al pie del Himalaya, cuando comenzó a llover intensamente. Los camarógrafos tuvieron que interrumpir su tarea. Corrieron técnicos y actores a refugiarse en un monasterio budista cercano. Cuando el monje que les abrió la puerta supo que era la falta de sol lo que provocaba el malhumor general, declaró que le sería sencillo remediar el problema.
Hizo sonar los grandes gongs y ordenó reunir a los otros monjes en el patio del monasterio. Tomaron asiento en el suelo, formando un corro y entonaron un canto rítmico. Al llegar a su fin, el monje dijo a los alemanes que podían proseguir con la filmación. Al regresar a su trabajo, el Sol brillaba en un cielo azul inmaculado. ¿Producto de la casualidad, o acaso resultado de la acción de los monjes en la naturaleza, como buenos magos que eran?

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Las varas mágicas salen ya a relucir en el Antiguo Testamento cuando Aarón la convierte en culebra ante el propio faraón, quien le había solicitado que hiciera una demostración inequívoca de sus supuestos poderes mágicos. Fotograma de la película Los diez mandamientos.

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