EI cura tuvo que confesar sus crímenes

Magdalena relató a continuación cómo fue entregada al diablo en el aquelarre y de cómo Satanás usó y abusó de ella cuanto le vino en gana, para después imponer en su cuerpo su marca infamante. Y lo dijo con tal acento de sinceridad en la voz que los jueces quedaron convencidos de la culpabilidad del sacerdote. Tanto que a ninguno de ellos se le ocurrió comprobar si la monja había sido mancillada y si tenía en el cuerpo la marca del diablo.
No hubo más remedio que someter al cura a la primera cuestión, en busca de su confesión y de la marca indolora que deja el diablo en sus fieles seguidores. La marca apareció. Gaufridy se vio perdido. Agotado después de tantas sesiones de tortura, exasperado por los agudos gritos de Magdalena, por la soledad del calabozo y por la crueldad de los jueces, el acusado pensó si no sería mejor confesar que era un brujo, para que lo dejaran en paz. Fue su segundo error.
El 1 de abril se decidió a declarar los crímenes más inverosímiles, seguro de confundir a los acusadores. Dijo que había practicado la magia en su infancia, que firmó un pacto con Satanás y que éste le dio el poder de seducir a cuanta mujer le viniese en gana, con sólo echarle el aliento al rostro. Días más tarde recobraría el valor y declararía que todo lo que dijo era mentira. Pero nada podía hacer ya. Sus acusadores estaban convencidos de que tenían ante ellos a un verdadero hechicero y cómplice del diablo. No les costó mucho trabajo condenarlo a la hoguera.
Tuvo que realizar una peregrinación por toda la ciudad, haciendo penitencia descalzo ante cada iglesia, y terminó en la plaza de los Predicadores.
Allí le esperaba una pirámide de leña seca, lista para arder. Se le había pro­metido al sacerdote la muerte por estrangulación antes de ser quemado, pero, igual que sucedería unos cuantos años más tarde con el abate Urbano Grandier en la población de Loudun, no faltó el gracioso que encendió el fuego. El verdugo tuvo que retirarse sin cum­plir con su obligación. El cura Gaufridy murió quemado vivo, asfixiado dentro del humo, en medio de un torrente de llamas.
Jamás se supo si abusó de la niña Magdalena o si ésta no tuvo jamás contacto íntimo alguno con un hombre. Solamente puede añadirse que el caso de Aix-en-Provence tuvo muy pronto imitadores en otros lugares de Francia, entre los que sobresaldría el de Loudun. Y todas las posesas pertenecían a los conventos de la orden fundada en las postrimerías del siglo anterior por un protestante que se convirtió al catolicismo.

hechizos

Viejo grabado del siglo XVII, donde aparece el pobre cura Gaufridy segundos después de serle aplicado fuego a la leña colocada a sus pies. Nadie cumplió la promesa de estrangularlo antes de quemarlo, pero tampoco se hizo con el abate Grandier, Jacques de Molay o Juana de Arco.

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