Dos sectas que terminaron mal

En la década de los 60, cierto reverendo Jim Jones fundó en la ciudad de San Francisco, en California, una secta a la que dio el nombre de Templo del Pueblo. Logró reunir a varios miles de fieles para su religión, mezcla de cristianismo, marxismo, satanismo y una filosofía muy personal que se traducía en las actividades más inverosímiles. Era aficionado, por ejemplo, a organizar simulacros de suicidios colectivos que enloquecían de entusiasmo a sus incondicionales. Era la mejor manera de prepararse para cuando llegase el fin del mundo.
También gustaba este Jones de la violencia masiva, imponía testamentos forzados a su gente y los amenazaba de muerte por un quítame esas pajas. El caso es que fue adquiriendo el reverendo un enorme poder y comenzó a hacer se amigo de los políticos más prominentes del estado, que debían mirarlo con cierto temor. Pero en 1975 comenzó a circular el rumor de que había asesinado personalmente a quienes no estaban de acuerdo con él. Razón más que suficiente para tomar el camino del exilio.
Fue a establecerse en julio de 1977 en un lugar de Guyana, seguido por varios centenares de fieles incondicionales. En medio de la selva fundó una población que, lógicamente, sería bautizada con su nombre, Jonestown. No hay que censurar al reverendo por mostrar tal vanidad, porque eso mismo habían hecho, en su país, todos los pioneros que fundaron pequeños pueblos y la misma Biblia da de ello abundantes ejemplos. Hay que censurarlo por otras cosas.
En el año que siguió al establecimiento de la secta del Templo del Pueblo en la flamante Jonestown llegó desde Estados Unidos un grupo de agentes para investigar cierta información sobre la brutalidad que imperaba en el lugar. El reverendo, a quien no agradaban los curiosos, mandó asesinarlos a todos, incluyendo entre ellos a un congresista del estado de California.
Después, previendo lo que iba a suceder si llegaban los marines a atraparlo, ordenó a sus fieles tomar el cianuro que les entregó. Los que se negaron a suicidarse fueron muertos a tiros por la guardia personal de Jones. Después, el propio Jones se dio muerte, para acompañar al otro mundo al casi millar de sectarios del Templo del Pueblo que lo precedieron, digamos, un poco a la fuerza. Era la tarde del 27 de noviembre de 1978.
Tan curiosa, aunque menos letal, resultaría la secta fundada en la década de los 80 por un coreano que se haría llamar reverendo Sun Myung Soon. Había nacido y pertenecido a la Iglesia presbiteriana. A la secta por él fundada le dio el hermoso nombre de Pioneros de la Nueva Era, cuya misión sería enviar a sus miembros jóvenes a predicar por el mundo el nuevo evangelio,que tenía de todo: taoísmo, Yin y Yang, influencia bíblica y algo de filosofía satánica, que no podía faltar.
Igual que había sucedido con otros fundadores de sectas era este Sun Myung Soon un hombre sumamente aficionado a los placeres del sexo —lo que nada tiene de censurable, esta es la verdad— además de incurrir en la bigamia y realizar prácticas licenciosas. Pero en cuanto se vio al frente de sus jóvenes adeptos, les informó que no les permitiría fumar ni cometer adulterios.
De repente comenzó a entrar dinero en grandes cantidades a la secta, a mediados de 1982. Nadie supo explicarlo, y menos el fisco, que se apresuró a condenar a este otro reverendo a un año y medio de cárcel y a una multa de 25.000 dólares, por evasión de impuestos. Pero nada se emprendió legalmen-te en su contra por las otras actividades: se había asociado con las fuerzas más reaccionarias de Estados Unidos y había pagado mercenarios para intervenir en los conflictos suscitados en Centroamérica.
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Nadie se acuerda ya de lo sucedido en Jonestown, Guyana, población fundada por un hombre que se hacía llamar reverendo. No han transcurrido muchos años desde que sucedió el crimen colectivo perpetrado por órdenes de Jim Jones, pero ya ni en el cine se ocupan de ello.

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