Daba la impresión de que les gustaba confesar sus actos

Era frecuente que las mujeres, presa de unas alucinaciones que eran consecuencia de las presiones a que eran sometidas por los jueces, se aviniesen a confesar los crímenes más espantosos, aunque sólo existieran en su mente, y que subieran entusiasmadas a la hoguera.

Por fortuna, aparecían de vez en cuando jueces ricos en sensatez que ponían las cosas en claro. Fue lo que sucedió en 1614, en la ciudad de Florencia, a María Pietri, cuando el juez que la sometió a interrogatorio no quedó muy convencido al oír sus palabras. La mujer había confesado que tenía la costumbre de embrujar a sus vecinos, chupar la sangre de los niños, acudir al aquelarre todos los sábados por la noche y de fornicar nada menos que con Satanás.

El juez ordenó a la mujer acudir la misma noche a la reunión de brujas, antes de juzgarla. Dio instrucciones a dos hombres de su confianza para que pasaran la tarde con María, le dieran de comer y la embriagaran. Cuando llegó la noche, la presunta bruja se desvistió sin que nadie tuviera que pedírselo, se puso las mejores galas después de frotar su cuerpo desnudo con un ungüento y se fue a dormir. No tardó en dormirse. Los dos hombres la maltrataron, cortaron sus cabellos y quemaron su pecho y los muslos.

Al despertar, María contó al juez que había acudido al aquelarre desnuda, montada en su escoba, y que el diablo la había azotado y quemado el cuerpo con la escoba ardiendo. María fue puesta de inmediato en libertad y conducida a su casa. Se ignora qué le dijo el marido al verla llegar.
Era sumamente sencillo convertirse en bruja, a pesar de que los autores del Malleus Maleficarum —o Martillo de las brujas— especie de código creado para facilitar el descubrimiento y castigo de las brujas, ofrecieran a la atención de los lectores un método sumamente complicado. En realidad, bastaba con tener ganas de acudir al claro del bosque. Lo demás venía solo.
Según informaba la obra mencionada, la mujer que deseaba ser bruja debía hacer un pacto con el diablo, y cada parte se comprometía a algo en especial: la bruja renegaba del bautismo, se entregaba a las prácticas sacrilegas y se daba en alma y cuerpo a Satanás. A su vez, éste se obligaba durante cierto tiempo a obedecerla, y dejarse encerrar, él o sus acólitos, en una botella o en un animal, o concedía poderes extraordinarios, como conocer el pasado y el futuro, proporcionar placeres pecaminosos, enseñar a alterar la paz y conseguir la mujer o el hombre deseado —dependiendo del sexo de quien firmara el pacto—, someter a su voluntad a los seres del otro mundo, preparar filtros y despertar a los muertos, entre muchas cosas.

brujerias

Una vez embadurnado el cuerpo entero con un ungüento rico en beleño y otros productos vegetales, las brujas volaban — o creían volar— solas o en grupo al aquelarre. Era una ocasión única para echar al olvido, por un rato tal vez demasiado breve, las miserias de la vida, el marido dominante y las privaciones propias de los pobres.

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