Curiosas costumbres que perduran

brujerias

Para los adoradores del diablo la mano en posición de echar bendiciones tiene un significado absolutamente distinto puesto que ven en ella no su bendita intención sino la silueta del macho cabrío que proyecta su sombra, silueta que en satanismo simboliza la maldición.

Como buen italiano que era, el papa Pío IX (1792-1878) tenía un lamentable talón de Aquilcs: todos en el Vaticano se compadecían de él en razón del efecto desastroso atribuido a su mirada. Algo semejante le sucedió a Alfonso XIII, en opinión de algunos biógrafos, el rey de España que tuvo que abdicar en abril de 1931. Descubrió en el exilio hasta qué punto podía serle molesta su fama de tener mal de ojo. Durante su permanencia en Italia tenía que enfrentarse a cada instante a los gestos de conjuración hechos por quienes lo veían por la calle: cerraban el puño derecho y alargaban los dedos índice y meñique. Un día sufrió la humillación de encontrarse solo en una recepción organizada en su honor. Los nobles italianos invitados no acudieron a la cita.
Los débiles y los cobardes que creen estar en posesión de esta arma pretenden asegurar con ella un elemento poderoso que les permitirá vengarse de una afrenta sin arriesgarse. Lanzan su terrible mirada sobre el enemigo y los disgustos que sufrirá éste serán el resultado del mal de ojo. Esta amenaza, fruto de la ilusión, sería inofensiva de no mediar la sugestión de la víctima. Una vez que cayó sobre ella la mirada criminal, creerá en el mal de ojo y atribuirá sus fracasos a la fascinación ejercida por el victimario. Se encaminará entonces al más completo desastre.

En algunos países era todavía frecuente hace unos años vestir a los niños varones con ropa femenina hasta la edad de cinco años, para que los demás padres no sintieran por ellos envidia. A un matrimonio podía deseársele mal a través de sus hijos, mientras que tener hijas en nada influía en las miserias a sufrir. Era frecuente también que los propios padres maldijeran a sus hijos varones, para obligar al mal de ojo a desviarse hacia otros caminos, hacia otras familias con hijos varones.
En uno de los cuentos de Las mil y una noches, habiendo preguntado alguien a Shams el-Din por qué no lo acompañaba nunca su hijo, contestaba que lo educó en un sótano, por temor al mal de ojo. No tenía intenciones de sacarlo de las profundidades de su casa mientras no fuera capaz de defenderse por sí solo. Es decir, cuando el mal de ojo ejerciera sobre él efectos menores que durante su infancia desvalida.

Cuando sir Richard Burton — que no tenía que ver con uno de los miles de maridos de Liz Taylor— tradujo al inglés ese admirable texto árabe, en el siglo pasado, observó que en Egipto mantenían todavía esta antigua costumbre. Vio en varias ocasiones mujeres ricamente vestidas deambular por las calles de El Cairo sujetando con la mano un niño con harapos. Era su hijo, al que vestían con tan miserable indumentaria para ahuyentar el mal de ojo producido por la envidia ajena. Una vez de regreso, vestían al niño con la mejores galas.

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